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Pan y libertad
Calígula, Nerón, en los tiempos del imperio romano; Adolfo Hitler y José Stalin, en los tiempos modernos, forman parte de la galería universal de políticos enfermos de mitomanía, narcisismo, delirio de persecución y otras variantes de personalidades psicopatológicas.
En las mentes alienadas de los dictadores totalitarios son frecuentes casos de complots y conspiraciones, excentricidades zoológicas, deslenguadas acusaciones contra adversarios imaginarios, represiones sangrientas, injurias y calumnias lanzadas para inculpar a otras personas de sus propios errores.
Cuando los mitómanos se ven acorralados, montan estrategias para desviar el foco de la crisis hacia otras naciones, otros grupos políticos, a los que les imputan las consecuencias de sus fracasos. Calígula encumbró a su caballo. Nerón ordenó el incendio de Roma y cargó la culpa a los cristianos. En el paroxismo de su obsesivo sadomasoquismo, Hitler exterminó millares de inocentes en los campos de concentración. Stalin recurrió a técnicas de coacción psicológica que indujeron a los más calificados representantes de la vieja guardia comunista a que se autoinculparan de ficticios actos de traición y sabotaje en los tristemente célebres procesos de Moscú.
Nuevas corrientes del psicoanálisis freudiano identifican singulares situaciones de políticos del patio que denuncian de tiempo en tiempo conspiraciones extranjeras para atentar contra su vida; aseguran que hablan con difuntos; que conversan con pájaros; que capturan mercenarios de fines siniestros a los que nadie llega a conocer.
Mitomanía narcisista para que las multitudes escuchen en los medios solo su voz; denuncias de sabotajes criminales para esconder la irresponsabilidad estatal causante del desbarajuste del sistema de energía eléctrica; apropiación usuraria de moneda ajena; despilfarro monumental de la riqueza petrolífera; subordinación absoluta de los que piensan en ínsulas lejanas sobre el destino de su propio país; acumulación exorbitante de facturas impagas por todo el mundo; comerciantes tratados como criminales; desabastecimientos de alimentos, insumos, materia prima; colas, racionamiento, desesperación de las masas; en fin, el empobrecimiento de uno de los países más ricos del mundo.
En algún momento la justicia llegará a investigar la autoría intelectual de los asesinatos de estudiantes; encarcelamientos ilegales de disidentes políticos; disparos de bandas de delincuentes motorizados que recuerdan la violencia callejera de los fascistas de Mussolini, ahora vestidos con camisas rojas; éxodo internacional de miles de compatriotas; atropellos de los derechos humanos denunciados por Human Rights Watch, Médicos sin Fronteras, la ONU y la Unión Europea, excepto la OEA.
Se dice que no hay peor ciego que el que ve la realidad y la distorsiona de acuerdo con sus intereses y caprichos. Algunos creen que han ganado la guerra. Pero el humo de los gases lacrimógenos y las barricadas de Caracas tienen olor de rebeldía estudiantil.
Hastiados de ser tratados como conejillos de Indias, estudiantes, cuyos padres combatieron las dictaduras de Gómez y Pérez Jiménez, renuevan la gran batalla para favorecer el regreso de gobernantes de presidentes democráticos como Rómulo Gallegos y Rómulo Betancourt, que les dieron pan y libertad.