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Niveles educativos básicos en Panamá
Panamá, al igual que muchos países de América Latina y el Caribe, está atravesando una etapa particularmente trascendental de su evolución histórica, buscando el camino para lograr mejores niveles de vida en su población y un mayor grado de autodeterminación de sus opciones políticas y económicas. Por supuesto que la pesada carga que supone el pago de los servicios de la deuda externa, las perturbaciones sociales y políticas y la corrupción en la esfera oficial y en el sector de la empresa privada, que ocasionan las restricciones económicas a que aquellos compromisos obligan, las luchas por democratizar las estructuras sociales y defender el derecho a la independencia política sin intervenciones foráneas, todo ello hace que, en los próximos años, sea razonable suponer que continuarán las condiciones de conflictos que caracterizan al país en la actualidad.
NO CESAMOS EN NUESTRA DEMANDA DE LA NECESIDAD DE UNA “PLANIFICACIÓN INTEGRAL DE LA EDUCACIÓN PANAMEÑA” COMO FÓRMULA DE MEJORAR EL PRODUCTO DE LA EDUCACIÓN NACIONAL A MEDIANO Y LARGO PLAZO.
No obstante ello, aparecen claros indicios favorables, especialmente desde el punto de vista político y cultural. Nuestro país ha retomado su proceso creciente de democratización de la vida política; y ello crea condiciones especialmente propicias para el desarrollo de la creatividad individual y colectiva, las que recogen, en estos tiempos y como fruto de viejas luchas reivindicativas, toda la riqueza de la cultura propia del pueblo panameño. Asimismo, en términos de la Región Latinoamericana y del Caribe, cada vez es mayor la confianza en las posibilidades de la cooperación internacional organizada como instrumento de la integración regional, tareas en las que Panamá se distingue como país protagonista.
En ese marco, a la vez grave y propicio, la educación como proceso social y como fruto del funcionamiento de sistemas educativos institucionalizados, asume una importancia trascendente. Por un lado los procesos de democratización requieren y ponen a prueba la relevancia de la educación transmitida y la capacidad de respuesta de los gobiernos a las crecientes demandas populares. Además, el deterioro y desorganización del mercado de trabajo debido a la crisis de sectores productivos importantes en la creación de empleo, así como su consecuencia, la ampliación creciente de las economías informales, cambian los requerimientos de capacitación y cuestionan desde esa perspectiva la eficiencia de los sistemas educativos. En Panamá es evidente esta realidad desde hace muchos años.
QUE LOS PROGRAMAS DIRIGIDOS A LA NIÑEZ SEAN CONSIDERADOS CON ABSOLUTA PRIORIDAD, SOBRE TODO PARA LOS NIÑOS Y NIÑAS DE LAS ÁREAS URBANAS MARGINALES, RURALES E INDÍGENAS...
En consideración de todos esos nuevos factores y de la continuidad y ampliación de las tradicionales desigualdades económicas y sociales en la región americana y, sobre todo, en nuestro país, bien valen los señalamientos que, en razón del bienestar y la prosperidad de Panamá, convenimos en hacer público --sin paréntesis de sosiego-- no en circunstancias interesadas de carácter político oportunista, sino a lo largo de más de 30 años, como una contribución al mejor conocimiento de la situación de los niveles educativos básicos, medios y universitarios de nuestra población, y como aporte para la toma de decisiones político-técnicas que la grave situación requería y aún requiere con urgencia. Es por ello también que no cesamos en nuestra demanda de la necesidad de una “planificación integral de la educación panameña” como fórmula de mejorar el producto de la educación nacional a mediano y largo plazo.
Finalmente, tomando en cuenta los problemas de naturaleza social y económica que afectan la salud, el estado nutricional, el desarrollo físico, social y afectivo de los niños y niñas de nuestro país, se reconocen como necesidades las siguientes: (1) Que se defina como prioridad nacional la atención y la defensa, en la práctica, de los derechos de los niños; (2) Que los programas dirigidos a la niñez sean considerados con absoluta prioridad, sobre todo para los niños y niñas de las áreas urbanas marginales, rurales e indígenas; (3) Que los programas sean diseñados con un enfoque global, integral, atendiendo articuladamente a todas las necesidades del niño y la niña en su comunidad.
Todo esto y más conlleva a la idea de que la educación panameña debe ser objeto no de una revisión parcial más, sino de una profunda reforma, vale decir, de una Planificación Integral de la Educación, lo que se ha enunciado más de una vez en el acontecer republicano y ha sido replanteada por nosotros, con insistencia periódica en las últimas décadas.