Escribir es uno de los oficios humanos más singulares del mundo. No solo por su complejidad anatómica (el cerebro y las manos codificando y descodificando ideas) sino también por su connotación cultural y social. Nos hemos humanizado hasta el embrutecimiento desde que dimos con la escritura.
Y se escribe de todo. Desde la Biblia a los tratados nazis pasando por textos sobre medicina, discursos que alaban a dictadores y hasta canciones que hacen que se tambaleen: novela, poesía, cuento, ensayo, teatro… palabras que se gestan en el alma de los escritores y que alcanzan, las más de las veces, el alma de algún lector atento.
Si Literatura es el conjunto de las producciones literarias de una nación, de una época o de un género (DRAE), las etiquetas no se hacen esperar y no faltan las consabidas precisiones para colocarlas en compartimentos que faciliten su estudio. De aquí, los géneros literarios. Entre ellos está la novela y dentro de la novela, la llamada histórica.
Cito algunas cercanas y cuyos autores exigirían, seguro, quitarles de encima a sus novelas el apellido.
La vieja etiqueta o apellido viene de lejos pero no por vieja la acepto. Allí está el trabajo de Georg Lukàcs, La forma clásica de la novela histórica (1937), brillante. José-Carlos Mainer, en su excelente libro La escritura desatada. El mundo de las novelas, retrata con maestría el género y advierte que al hablar de él, lo hacemos de una tendencia de mercado, de los mid-cult, de ese fragmento de los lectores que necesitan la etiqueta para creer que leen cosas serias.
La novela pierde mucho cuando el escritor trabaja empeñado en las precisiones histéricas, digo, históricas. El acartonamiento llega al pretender serle fiel a la verdad cuando lo que se pide en literatura es verosimilitud. ¿Quiere decir esto que la novela debe ser imprecisa, anacrónica y hasta absurda en su cronología? No.
Vargas Llosa lo articula en términos de mentir con conocimiento de causa. Muchos escritores se parapetan detrás de histórica para realzar textos que muchas veces no dejan de ser más que un montón de hechos históricos documentados narrados con cierta frescura, con un poquito de gracia.
Una novela como La Guerra del fin del mundo ¿es histórica? El hereje de Miguel Delibes ¿lo es? ¿Y La Fiesta del Chivo? ¿O El adversario de Carrère? Y ¿El general en su laberinto de García Márquez? Cito algunas cercanas y cuyos autores exigirían, seguro, quitarles de encima a sus novelas el apellido.
¿Razones para histórica? Si son las fuentes de las que se nutre, todos somos escritores de novela histórica. Más aun, siguiendo la ruta unamuniana, todos seriamos autores de novela intrahistórica toda vez que narramos una vida instalada en el torrente histórico, solo que la contamos desde dentro. Pero si la razón es que tomamos un hecho de la historia para que los que lo conocen se acerquen a él narrado con los mecanismos de la ficción, el autor de dicha obra está atrapado, pues los que conocen de verdad esos hechos como para disfrutar de los detalles técnicos siempre serán muy pocos. Así, por ejemplo, la novela de Andrés Villa 9 de enero, no pasaría por histórica para un español o un uruguayo, la juzgaría por su calidad literaria, por el buen oficio del autor, no por su precisión histórica. Verosimilitud, no verdad.
A algunos autores les complace que sus novelas pasen por libros de historia. Eso me dijo uno hace tiempo y que sin ser historiador le invitan a encuentros sobre historia. Bien, pero sus personajes no tienen vida, no consigue contar, la narración no emociona. Son novelas que un historiador aprecia si es experto, pero que no disfruta como lector.
Las novelas son novelas. Como mucho, nivolas, al decir de Unamuno. Los que se etiquetan más allá de novela, siempre esconden ciertas carencias del oficio. Los lectores son lectores, pero harán bien en abandonar las etiquetas. Si se dedican a comprobar la historia que leen concluirán, como dije hace tiempo, que todas las novelas son mentira, hasta las históricas. Y entonces casi me lapidan, pero esa es otra historia. O una novela.