Mucho antes de la llegada de los españoles -aún cuando la población originaria no tenía una dimensión clara de su importancia-, la posición geográfica del Istmo era parte indispensable de nuestro ciclo vital.
Después, en el periodo colonial, nuestro territorio se constituyó en el basamento sobre el cual se fueron definiendo y construyendo múltiples rutas que, finalmente, sirvieron como sendero para el descubrimiento y la conquista de nuevas ciudades del continente. Con ello comenzó a moldearse la vocación de Panamá como lugar de tránsito y punto de referencia para el comercio, primero con el Viejo Continente y después con otras partes del Nuevo Mundo.
Unos siglos después, las necesidades propias y las globales nos llevaron al camino de partir el territorio en dos a fin de que se acortaran las distancias y el mundo pudiera unirse a través de los dos mares. Es con la iniciativa de construir el canal interoceánico que el país anunciaba a la comunidad internacional y, por supuesto, a los lugareños, que nuestro futuro, nuestra vida, estarían eternamente ligados a la privilegiada posición geográfica de la que nos dotó la naturaleza.
Esa vocación ha sido tan bien entendida por todas las generaciones de panameños que los alzamientos, las confrontaciones y las muestras más excelsas de nuestro patriotismo han estado siempre relacionados con la ruta del Canal.
En 1999 pareció haberse puesto punto final a los dolores de cabeza que sufrimos por casi un siglo a consecuencia del Canal y la lucha por recuperarlo. Después de eso hemos mostrado al mundo que somos capaces de administrarlo y hemos sacado utilidades altísimas de su operación.
Siete años después, en 2006, nos percatamos de que si bien es cierto el Canal estaba rindiendo mucho, las exigencias del mercado y la necesidad de mover mayores volúmenes de carga en menos tiempo indicaban que era necesario expandirlo y, por inmensa mayoría, convenimos que era correcto aquello de que: El Canal es mío y lo amplío.
Hoy, el Canal vuelve a unirnos. Esa inmensa zanja, producto del ingenio humano y que sirve por igual a todos los países, nos pone otra vez en alerta porque entendemos que mucho de nosotros depende de ella. Es casi nuestra vida, y aunque tengamos diferencias coyunturales, no tenemos vocación suicida, por lo tanto, lo vamos a defender nuevamente, aunque ahora sea con métodos menos cruentos porque esta vez, a diferencia de antes, tenemos el poder y la razón para hacerle ver al mundo que efectivamente el corazón de Panamá no se toca.