(y que perdone don Mario)
Freedom is never free.
James Grengs.
En la década de los 80 el general Noriega era dueño del país. Su política de las tres pes: plata para los amigos, palo para los indecisos y plomo para los enemigos, no permitía el menor desacato.
Yo almorzaba en un restaurante regentado por un gallego pequeñito y malhablado conocido como Mediomán.
Mediomán superaba su pequeñez física atreviéndose a lo que pocos se atrevían. Un día le advirtió a alguien que osó dirigirse a él por tal apodo que su corta estatura se debía al peso de las glándulas seminales, por lo que le aconsejaba no repetir tal insolencia si en algo estimaba su integridad física. Todo esto lo expresó en palabras más explícitas que las mías y el ofensor, aunque medía dos palmos más que el ofendido, no volvió a abrir la boca.
Mediomán tenía fama de conocer la vida y milagros de cada individuo de la fauna que apacentaba, desde el obrero que no pasaba de la sopa con arroz blanco hasta el encorbatado que exigía el punto de cocción de la langosta y la marca del vino, desde el tinterillo capaz de estafar a su padre hasta el político capaz de vender a su madre. Los parroquianos fuimos testigos más de una vez de arrestos sorpresivos dentro del restaurante, por lo que algunos murmuraban que el gallego era confidente de las autoridades.
Un día nos obsequió a los asiduos con una fuente de pulpo a la gallega y un par de botellas de Ribeiro. En el otro extremo del local almorzaban varios agentes del temido G2.
Era normal que al tercer o cuarto vaso de tinto Mediomán entonara algunos rebuznos. Aquel día se levantó, alzó los brazos y se puso a bailar mirando a los esbirros mientras cantaba:
—Se tambalea, se tambalea;
el noriegato se tambalea.
Todos miramos asustados a aquel loco, pues ya lo veíamos esposado camino de La Modelo. Los que estaban a su lado lo obligaron a sentarse y mantenerse en silencio, pero él soltó una carcajada y respondió:
—Ésos a mí no me muerden. Los tengo domesticados.
Los secuaces del dictador no se movieron de sus asientos.
Cuando ya nos íbamos le pregunté a una mesera con la que tenía cierta confianza:
—¿Por qué el jefe dice que tiene domesticados a ésos?
Ella respondió:
—Porque comen gratis.