Las primeras impresiones

Dicen los etólogos, que son los que saben, que el ser humano se forja una primera impresión de su interlocutor en los primeros treinta segundos después de ponerle la vista encima. Todos los investigadores están de acuerdo en que en ese brevísimo lapso de tiempo ya tenemos una opinión formada acerca de aquello que tenemos delante, sea hombre, mujer o marciano, y que esa primera impresión suele ser muy difícil de variar posteriormente. Pues bien, digo yo, si eso ocurre con una persona, seguro que también puede ocurrir con un país. Y ahí está el quid de la cuestión, hoy en día, la primera impresión de un país pasa por el aeropuerto al que llegas. Que sí, que Tocumen está remodelándose, que las obras nos van a dejar un modernísimo y precioso puerto de arribo, luminoso, musicalizado y enmoquetado. Bien bonito.
Pero no es de eso de lo que quiero hablar. No. Es de algo bastante más importante. La gente que atiende ese puerto de entrada. Y ahí entra en juego el desastre de atención al cliente que permea todos y cada uno de los resquicios de este país de servicios: a los que sirven no les gusta servir. Les cabrea servir y te lo hacen saber. Nada más terminar de descender las escaleras que te conducen a la revisión de inmigración, te encuentras con una señora que dirige a los que llegan a las filas correspondientes, ladrando (sí, sí, el verbo ha sido seleccionado con cuidado, eso es un ladrido, en el fondo y en la forma) indicaciones a voz en grito y con cara de vinagre. La joven que te atiende en el mostrador, y a la que ofreces el pasaporte, ni siquiera levanta los ojos para encontrar tu mirada, además de ser una panoplia de mal gusto. Ganchitos con piedrecitas brillantes en el cabello, uñas largas adornadas con diamantes y los colores de un arco iris en ellas, que hacen juego con las sombras que rodean sus ojos. Si no fuera por la blusa del uniforme (que amenaza con hacer estallar los botones por la presión interna del busto), jurarías que acaba de llegar directamente del último baile en la 24 de Diciembre y su malhumor se debe a la tremenda resaca que arrastra. Aunque, pensándolo mejor, te dices, quizás eso fue lo que pasó… Y luego la tortura de las maletas, señores, de verdad que después de diez horas de vuelo, tener que esperar cincuenta minutos por una maleta no es la mejor bienvenida a un país. La gente, a estas alturas, ya está abiertamente cabreada, rezonga por lo bajo y se queja por lo alto, le pregunta a todos aquellos que tienen pinta de poder saber algo del tema, a lo cual los interpelados, sin molestarse en hablar, se encogen de hombros y se escurren tratando de pasar desapercibidos. 
En resumen, la estancia de bastante más de tres o cuatros minutos en Tocumen no deja un buen sabor de boca. Y no es por las instalaciones, sino por la gente. Sé que es repetitivo y cansón seguir insistiendo en el tema. Pero el dicho tema es cierto, la atención al público en Panamá es un desastre. (Y aquí saltarán los de siempre diciendo que los españoles somos groseros, pues vale, pues sí, pero señores, ya lo dice el refrán: mal de muchos, consuelo de imbéciles) Y en un país con vocación de enlace, y que se quiere proyectar como destino de compras y negocios, tener una primera impresión en la que el visitante tiene ganas de salir huyendo, no es muy inteligente. ¿O sí?


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1160
autor
Mónica Miguel Franco
Fecha y hora de publicación