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Una sonrisa, una gran solución
Desde todo punto de vista, existen situaciones en la vida en las que una sonrisa ayuda a solucionar cualquier problema. Los panameños, a veces, nos olvidamos de regalar nuestra mejor sonrisa cuando alguien nos habla o nos solicita algo que podemos dar. No podría decir cuándo realmente comenzó en Panamá la pérdida de la amabilidad, la cual nos había caracterizado, y me gustaría analizar por qué ha sucedido esto. Cuando le comento a alguna persona que en tiempos pasados teníamos deseos de saludar a los demás, de responder a un saludo, de ser amables con los demás, me responden que en aquella época no éramos tantos, no había tanto quehacer y la educación era superior a la que tenemos hoy día.
Si llegamos a cualquier oficina pública, privada o encontramos a alguien en la calle a quien debemos dirigirnos, amarran la cara y responden hasta con grosería y pocos deseos de hacerlo. El por favor y gracias casi no existen; dar o responder los buenos días todavía no se ha generalizado, la falta de cortesía prima sobre todas las cosas y, en ocasiones, nuestro buen humor se viene al piso por la falta de recepción de los demás.
Leí un artículo en el periódico sobre la atención que se da a los turistas en el aeropuerto, teniendo en cuenta que esa es la puerta de entrada al país y de eso depende la impresión que los extraños se lleven de Panamá y los panameños. Y es cierto, porque nos hemos acostumbrado a ser resecos hasta con los que pueden solucionarnos un problema. Señores, ese trabajo no lo hacen gratuitamente, porque para eso les pagan, de eso viven y con él llevan a sus hogares el sustento. Estamos matando la gallina de los huevos de oro y no nos damos cuenta.
Hace unos días fui mal atendida en un gran almacén de la ciudad y pregunté a una empleada dónde estaba la supervisora, y con la frialdad más grande me respondió "allá", señalando con el dedo. Cuando finalmente la encontré, se lo hice saber y le dije que si ese almacén cerraba puertas porque sus empleados eran apáticos, el dueño quedaba con dinero y ellos perdían sus empleos. En los restaurantes, si encuentras a alguien amable que no te tire el menú es extranjero. Entonces, no nos quejemos de que ellos nos estén reemplazando en los trabajos, porque no sabemos conservar los nuestros.
SI UNO LE PREGUNTA A ALGUNO DE LOS EMPLEADOS DÓNDE ESTÁ TAL O CUAL PRODUCTO, DEJAN LO QUE ESTÁN HACIENDO Y LO ACOMPAÑAN AMABLEMENTE HASTA EL LUGAR CORRESPONDIENTE. OTROS, EN CAMBIO, TE MIRAN DE ARRIBA A ABAJO Y CON LA BOCA ESTIRADA TE DICEN "ALLÁ" SIN LA MENOR AMABILIDAD.
Desde luego que los dueños y jefes tienen, a veces, la culpa, porque no saben adiestrar y capacitar a su personal, sobre todo a los que tratan con público, porque aquellos que están tras bastidores no me interesan y allá ellos si viven amargados y disgustados. Tienen que enseñarles la importancia de saber tratar a las personas y hacerles ver que de esto depende la supervivencia del negocio y, por ende, su supervivencia.
Existen lugares, específicamente hablo de un supermercado grande en donde han sido bien enseñados y si uno les pregunta a alguno de los empleados dónde está tal o cual producto, dejan lo que están haciendo y lo acompañan amablemente hasta el lugar correspondiente. Otros, en cambio, te miran de arriba a abajo y con la boca estirada te dicen "allá" sin la menor amabilidad.
Cuando era niña, en la escuela de Las Tablas los maestros nos enseñaban cortesía y cuando llegaba alguien al salón le dábamos los buenos días y nos poníamos de pie. Así que parte de ello se aprende en los hogares y parte en la escuela. En los hogares de antes había tiempo suficiente para enseñar urbanidad y buenos modales y las escuelas intercalaban los mismos con las materias por enseñar. Hoy nos mata la impaciencia, el deseo de llegar rápido a las partes y es así como hemos perdido la educación vial; tiramos el auto sin respeto por nadie. No importa si tenemos o no la vía, queremos pasar primero, aunque choquemos al otro auto.
De continuar así, este país no saldrá del subdesarrollo, pese a que tengamos los más altos índices económicos, que de nada nos sirven, igual que los bellos o feos edificios que se construyen y que solo sirven para enredar la ciudad con miles de familias por metro cuadrado y poca infraestructura. Ánimo, muchachos.