¿Cuándo le conocí? No lo recuerdo. Aparece en mi memoria de estos últimos diez o doce años como una presencia envuelta en luz. Blanco de piel, con lentes, con gestos que precisan lo que dice, siempre ha hablado conmigo como un hermano. Hemos hablado de todo y de todos con justicia poética, con visceralidad estética y sobre todo con amor a las letras de nuestras tierras. tierras, por que habitamos, él y yo, allí donde se lea, allí donde se escriba.
Salvador Medina Barahona es poeta. Lo delata la mirada, lo acusa la vehemencia de sus versos. Mira con los gestos, respira el arte a bocanadas, lo digiere y lo muta. Salvador es poeta y eso se le nota también en el silencio.
Un día le llamé desde el infierno, quería decirle mi tristeza. Me escuchó como hacen los amigos y se convirtió en una diminuta luz desafiante en medio de mis sombras. Y desde allá se quedó conmigo. Los poemas de Viaje a la península soñada se transformaron en un mapa para escapar. Los últimos versos, a los que llegué derrotado, se convirtieron en puerta: Tú sabes que entonces