Sergio Ramos está viviendo el mejor de sus momentos en el Mundial 2010, explotando sus virtudes en cada uno de los partidos camino a la gloria, mostrando una madurez adquirida de sus malos momentos, de la reflexión y el crecimiento desde la vuelta al origen.
Todo ha cambiado en torno a Sergio Ramos. Hace dos años llegaba a la final de la Eurocopa en Viena mejorando la imagen que le situó en el centro de la crítica y provocó un desencuentro con Luis Aragonés en el que los dos se dijeron las cosas claras delante de todos los internacionales. Su físico, tras una temporada repleta de infiltraciones con el Real Madrid, no le acompañaba, pero su espíritu de lucha le condujo a acabar en un buen nivel.
Unos meses de rebeldía, con la crítica deportiva en contra y siendo objetivo de la extra deportiva, le condujeron a parar y reflexionar. A rodearse de los suyos. Pasar una larga temporadas sin salir de su domicilio más que para entrenar, en unos meses en los que aprendió de los consejos de su padre, José María, y su inseparable hermano, René. En los que las largas horas repletas de risas de madrugada con su madre, Paqui, siempre encontraron la complicidad de su hermana, Miriam. Ellos son los que le han hecho ser como es.
Sergio regresó hace ya un año a sus orígenes. Comprobó que la humildad que marcó sus inicios nunca debe quedarse en el camino. Recuperó la sonrisa y la ilusión del niño de Sevilla que cumplió el sueño de fichar por el Real Madrid. Y ese duende que pocos tienen, comenzó a mostrarlo en público para volver a ser quien era. "Dicen que las personas se hacen grandes cuando se levantan tras un tropiezo", admite a Efe.
Su realidad en la actualidad es bien distinta. Llegó al Mundial de Sudáfrica como un tiro. En su mejor momento físico. Ha derrochado energía en cada partido con despliegues que le convierten en el jugador con Xavi Hernández, que más kilómetros hace por partido. De nada importó el golpe que le dañó una costilla en el estreno ante Suiza, desde el lateral se convierte en extremo y sólo le falta por conseguir su deseado gol en la final.
Ramos siente la selección en lo más profundo de su corazón. Se lo inculcaron en su familia. Le llevaban a ver entrenar a la Roja en Sevilla. Al Sánchez Pizjuán para enamorarse del embrujo de un estadio mágico. Fue ahí donde comenzó un sueño que está a un paso de cumplir: ser campeón del mundo.
Deja cada partido imágenes para el recuerdo. Señas de identidad como la muñequera rojigualda con la que juega, para ser en el fútbol como sus amigos tenistas Rafa Nadal y Feliciano López. Y mira al cielo en el himno, buscando las fuerzas que le envía su amigo del alma Antonio Puerta desde el cielo y dibujando en su mente la imagen de sus abuelos. Con esa fuerza arrancará el partido de su vida, el momento que lleva toda su carrera esperando. Lo hará mostrando la madurez de un defensa de raza nacido para hacer historia.