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Caos y violencia
“No es el despotismo militar el que puede hacer la felicidad de un pueblo, ni el mando que obtenga puede convenir jamás, sino temporariamente a la República. Un soldado feliz no adquiere ningún derecho para mandar a su patria. No es el árbitro de las leyes y el gobierno; es el defensor de su libertad. Sus glorias deben confundirse con la República”. Estas frases pronunciadas por el Libertador Simón Bolívar en una asamblea popular martillean como miles de látigos sobre la conciencia de los venezolanos en circunstancias en las que miles de estudiantes y personas de toda condición social rechazan el autoritarismo militarista que usa el gobierno de Nicolás Maduro para reprimirlos.
Amparado en una ley que le permite gobernar por decreto, por un año el gobierno ha convertido a Venezuela en un polvorín de protestas sociales por causas típicas de los regímenes marxista-leninistas. Las medidas económicas tienen el sello característico del racionamiento alimenticio.
El gobierno ordena los precios de los productos de consumo popular; escasean cada vez más aceite, pan, verduras, carne; las filas de compradores atraviesan el país; las expropiaciones penden como espadas de Damocles sobre empresarios. La propiedad privada está en un hilo de araña.
Raúl Castro dijo hace años a los militares golpistas peruanos que no puede haber revolución con una prensa libre. Se ha reactualizado el consejo castrista. Pero el nuevo método totalitario consiste en negarles dólares a los diarios para que no puedan comprar papel, hasta que desaparezcan por consunción.
Se tipifica como delito informar sobre la carestía de alimentos, de la violencia en las ciudades, de la corrupción de funcionarios, discrepar de las incongruencias y contradicciones gubernamentales.
La televisión pública y privada controlada solo transmite lo que habla Maduro en cadena nacional. Se ha censurado a la cadena colombiana NTN por propalar imágenes que muestran a los motociclistas armados de los llamados “colectivos” disparando contra manifestantes. Un telón de hierro desciende sobre el periodismo libre. En la televisión se ve un rostro y se oye una voz.
El secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulsa, que estuvo en La Habana batiendo palmas en la Celac, no ha dicho algo sobre la grave crisis venezolana. La Carta Democrática obliga a los Estados al cumplimiento puntual de los principios de la democracia representativa.
Ante la insólita afonía de Insulsa, numerosos países se pronuncian recomendando calma y cordura. La Unión Europea, es decir Alemania, Bélgica, España, Francia, Italia, Holanda, con el peso de su influencia geopolítica, expresan su preocupación por el rumbo venezolano.
Estados Unidos sigue de cerca los acontecimientos, pero resulta vana su posición porque siempre se le acusa de tejer los hilos de las expresiones populares.
Los países del Alba defienden al régimen en su tránsito al ocaso. Saben bien que el colapso económico puede privarlos de los combustibles que se les dona o vende a bajos precios. Con una economía inflacionaria del 56%; con una escasez de alimentos que es un racionamiento virtual; con un creciente movimiento de resistencia al caos y la violencia; con la eliminación de la prensa libre, se ha roto la espada del Libertador.