Todavía no iba a la escuela cuando ya sabía leer. Para la época de Navidad solía pedir los cancioneros para entonar los villancicos, pero las señoras que dirigían las posadas no creían que esa pequeñita ya manejaba bien las letras y sus sonidos, eso la molestaba demasiado.
Como creció en medio de libros no se imaginaba un futuro distinto. Soñaba con ser librera. Quería tener una librería en la que vendería hojas de papel de colores y bolígrafos con tintas de colores.
También quería que en su librería se fabricaran tarjetas. Con papel en mano iba haciendo el bosquejo de cómo sería su negocio. Pensaba imprimir tarjetas de felicitaciones, de pésame, de cumpleaños. Ella iba ideando el mensaje que llevaría cada una.
Su librería se llamaría Ediciones Papaterra, sí, así como el apellido de uno de sus abuelos. Ese título le parecía adecuado y elegante.
Ella fue creciendo y así mismo su sueño fue tomando forma.
Cuando estaba en secundaria se la veía con libros y más libros entre manos. Le decían “la biblioteca andante”. Eso lejos de ofenderla, la halagaba.
Se sentía orgullosa cuando abordaban un tema y ella podía decir: “yo tengo un libro sobre eso”.
Y para su dicha las personas que la rodearon compartían su misma pasión. Cuando estudiaba en la universidad, con sus compañeros organizaban viajes para ir a comprar libros.
Se hizo una profesional, y aunque estudió arquitectura y no vendió hojas de papel de colores, su sueño se realizó. Hoy ya no es una niña, hoy trabaja entre libros y hoy es la presidenta de la Cámara Panameña del Libro (CAPALI).