Trozos de maderos de hace cientos de años y pedazos de conchas de caracol renacen en los cuerpos de bailarinas, aves y paisajes típicos de la costa uruguaya. Olga Olivera es la dueña de las hábiles manos que hacen posible este obra, que aunque dicha de esa forma parezca magia, sin embargo carece de ella y rebosa de talento.
Olga vive en un pueblo llamado Rocha (en la costa de Uruguay), se pasea en esas playas buscando lo que el mar traiga, todo tipo de materia muerta, muchas veces fosilizada. Ha decidido que esos materiales le son útiles para hacer esculturas.
A veces le pasa que toma un trozo de coral y se imagina el cuerpo de una mujer bailando tango, y así va rastreando otros implementos naturales que le ayuden a darle forma a su idea.Desde hace diez años se dedica a trabajar esta rama del arte.
Cuenta que le tocaba participar en una exposición ganadera, ella trabajaba en la escultura de un ave y estaba pensando cómo hacer la cabeza, ahí fue cuando descubrió todo el potencial de las conchas de caracol.
Esta artesana antes se dedicó por 30 años a la educación, fue profesora de matemática, y esa pasión por la docencia no la ha alejado de su nuevo rumbo. Ella considera que su trabajo es material didáctico. Según refiere, con sus piezas logra transmitir conocimientos geológicos, paleontológicos y culturales.
También labra trozos de maderos, pero ella no va a un aserradero a buscarla, ella utiliza los retos de los barcos que se han encallado en las costas Atlánticas de Suramérica, muchos de ellos datan de los años 1800.
Quería reivindicar las conchas de caracol y dice que lo logró. Sus obras han traspasado las fronteras, y las ha llegado a vender en muchos países.