La primera ministra de Australia, Julia Gillard, del Partido Laborista, pertenece a ese elenco de políticos capaces y ambiciosos para los que no existen metas inalcanzables.
Lo ha demostrado en las últimas semanas con las negociaciones que ha mantenido para lograr los cuatro apoyos parlamentarios que le faltaban para formar gobierno, después de que las elecciones del 21 de agosto acabasen con un empate técnico de los laboristas con la coalición liberal.
Nacida en Gales (Reino Unido) el 29 de septiembre de 1961,tenía sólo cuatro años cuando su familia emigró a Adelaida, la capital del estado de Australia del Sur.Su padre trabajaba de enfermero psiquiátrico y su madre de voluntaria en una tienda del Ejército de Salvación, mientras ella estudiaba y crecía.Se graduó en Derecho en la Universidad y, como muchos de sus compañeros, buscó trabajo en las firmas y bufetes de abogacía hasta que entró en "Slater and Gordon", donde ejerció la profesión, especializada en derecho laboral, hasta 1996.
Aquel año, el laborismo perdió en las urnas contra todo pronóstico ante un personaje dibujado por la prensa como anodino y gris, el conservador John Howard.Gillard abandonó la abogacía para entrar en política con quien por entonces dirigía a los laboristas en el estado de Victoria, John Brumby.Ingresó en la facción más a la izquierda dentro del partido y ganó su primer escaño de diputada en 1998.Ocho años después, en 2006, se alió a Kevin Rudd, en lo que la prensa presentó como una "boda de conveniencia", para retar el liderazgo de Kim Beazley en el laborismo, y ganaron.
Al año siguiente, Rudd derrotó a Howard en las urnas y acabó con once años consecutivos de gobiernos conservadores.Gillard fue recompensada con el cargo de viceprimera ministra, posición que le ofreció mayor proyección y desde la que se forjó la fama de mujer de temperamento fuerte, con don de la palabra y gran capacidad de comunicar ideas, pero también flexible y capaz de escuchar la opinión ajena.
El "matrimonio de conveniencia" se divorció el pasado junio, cuando la popularidad de Rudd rayaba mínimos y vaticinaba una derrota en las elecciones generales que se tenían que convocar este año.Como ocurriera con Beazley, Gillard desafió el liderazgo de Rudd y se quedó con la jefatura del partido y del Ejecutivo, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra en Australia.
Es una perfeccionista a quien le gusta mostrar, con una forma de hablar muy pausada, que conoce hasta el último detalle de cada política gubernamental.Dicen los comentaristas que desde que gobierna parece como si hubiera hecho un curso acelerado en vocabulario económico.Asegura Gillard que su principal inspiración son sus padres, sobre todo cuando se trata de exponer políticas educativas y la reforma que impulsa para el siglo XXI bautizada "Construcción de la Revolución Educativa".
Se ha declarado atea y republicana, no está casada ni tiene hijos, pero mantiene una relación sentimental desde hace cuatro años con Tim Mathieson, ex peluquero, aunque vive sola en una casa del barrio de Altona, en Melbourne.
Gillard afronta los próximos tres años de su mandato con un gobierno de mayoría escueta, al contar con sólo dos diputados más que la oposición, 76 frente a 74."El nuestro va a ser un gobierno con un propósito único: el de servir a los australianos. Nos vamos a regir por altos estándares de transparencia y es en este espíritu con el que acometeré la tarea de formar gobierno", indicó Gillard hoy en rueda de prensa.