Hace poco me sumé a un número importante de ciudadanos panameños que suscribieron el Pacto Ético. Lo hice mediante la plataforma digital que se ha habilitado para tal fin.
Lo de la firma fue solo un formalismo, una acción para dejar constancia de mi adhesión a quienes piensan que como país lo que más nos conviene es un ambiente de paz y sosiego colectivo, el cual debe imperar antes, durante y después del proceso electoral.
Al momento de plasmar mi firma se me solicitó —si así lo deseaba— explicar por qué estampaba mi rúbrica en el documento, a lo cual respondí: Porque estoy convencido de que podemos discrepar sin hacernos daño.
Como anoté arriba, mi firma fue únicamente para cumplir con el formalismo y dejar constancia ante quienes revisen el pacto, de que en realidad hay gente de carne y hueso, con rostros conocidos e identidades reales que está genuinamente comprometida con la ética y con la moral. Y, sobre todo, que aboga sinceramente porque entre nosotros campeen el respeto y la tolerancia como principales rutas en el camino hacia la sana convivencia.
Sin embargo, debo anotar que sigo convencido de que para hacer lo correcto, para actuar con respeto, con responsabilidad y con dignidad, no hace falta que haya un papel de por medio.
Ejemplos de compromisos que han sido rotos, a pesar de las firmas, las fotografías y los testimonios sobran. Por lo que en estos casos el valor real radica en la convicción y el compromiso que se tengan en cuanto a cumplir con lo pactado.
Quizás peque de iluso, pero todavía creo en la palabra empeñada, en la promesa bien intencionada o en un simple apretón de manos para sellar un compromiso, más si este es de carácter ético.
Conservo uno o dos amigos desde hace muchos años porque entre nosotros nunca ha sido necesario firmar un papel o jurarnos nada para cumplir el uno con el otro. En ese andar, también muchas de mis relaciones se han visto menguadas porque el tiempo me hizo ver y aprender que alguien sin un nivel de compromiso elevado o que no respete su palabra es mejor mantenerlo a distancia.
La ética y la moral deben ser luces que alumbren nuestro proceder cotidiano sin que para ello tengan que existir firmas y convenios porque son cánones a los que debiéramos ajustarnos sin vacilación.