Ámsterdan, mejor que Michoacan

Por: Redacción 24/02/2014

Si tuviera que definir de modo ontológico qué es la guerra, diría que es un exceso de Estado. Los gobiernos empiezan por crear fuertes tensiones al imponer coactivamente “leyes” y “regulaciones”, luego reprimen —como Nicolás Maduro— las protestas en Venezuela y, finalmente, cuando las tensiones son los suficientemente grandes, terminan armando guerras.
Entre 1920 y 1933, al puritanismo americano —e intereses creados— decidieron prohibir una droga altamente dañina, el alcohol. En su soberbia, “los buenos” creyeron que debían forzar el bien y vino la “ley seca”. No cayó el consumo y sí aumentó la violencia al punto que apareció un modus delictivo desconocido: la mafia. Luego, el presidente de EE.UU. Richard Nixon, se inventó “La Guerra contra las drogas”, para acabar con la producción, comercio y consumo de ciertas sustancias psicoactivas, no medicinales.
Al igual que en el caso de la “ley seca”, la represión violenta de la actividad, relacionada con estas drogas altamente dañinas, ha provocado un aumento descomunal en la violencia, creando un nuevo tipo de delito feroz: el narco. En rigor, la “prohibición” funciona como un monopolio altamente rentable para quienes sobornan adecuadamente a los funcionarios, de modo que más bien debería de llamarse la “Guerra por el control de las Drogas”. 
Según la ONU, la producción total de cocaína en la región andina es mayor que en 1990. Un caso patético es el de Michoacán, en México, donde nadie confía en nadie, y donde todos se acusan de todo. Además de los narcos y la policía, ahora están las “autodefensas”, paramilitares que usan armas cuya posesión ya constituye un delito grave. A pesar de ello se sientan en la misma mesa con policías, militares y fiscales. 
El gobierno tiene un discurso altamente incoherente, empezando por avalar la idea de que las “autodefensas” existen ante la “falta de Estado” que garantice la seguridad. Por el contrario, es el exceso de Estado el que ha creado esta guerra con los narcos y algunos civiles han decidido que la mejor “defensa” era armarse.
Además, los terroristas de las Farc colombianas probablemente no existirían ya de no ser por la financiación que reciben del tráfico ilegal. Pasados más de 50 años de la guerra contra las drogas, el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, se preguntaba "¿vamos a seguir otros 50 años? ¿O hay alternativas?". El famoso Red-Light District, donde hay varios coffee shops legales que venden marihuana y prostitución, es un barrio desaconsejable de la muy bonita Ámsterdam. Sin embargo, es más seguro y pacífico que muchas ciudades estadounidenses y europeas.