Mónica Miguel Franco/Antropóloga, actriz y escritora
Ni lucro con sus sobrecostos, ni me va un ardite en que los traigan o los lleven. No soy SACYR, ni trabajo para ellos, ni con ellos, ni me invitan a sus juntas directivas. Pero el otro día en el supermercado, al escuchar mi acento, una mujer le comentó a su acompañante: ‘¿Ves? Están por todas partes, otra española ladrona hija de puta’. En los instantes en los que tardé en decidir si merecía la pena que me diese la vuelta y allí mismo, entre los guineos y el perejil, le partiera la crisma a la soberana imbécil que dijo eso, o si mejor tragaba bilis y lo dejaba pasar, esta columna apareció en mi cabeza. Y la tarada del supermercado, si lee esto, debería agradecer a todos sus dioses que me haya distraído con estas 600 palabras, porque de ese modo, aún conserva los ojos intactos para poder leerlas.
No es el único brote de estupidez que he venido sufriendo y viendo sufrir en estas últimas semanas: gente exigiendo en los muros de sus redes sociales que ya que los españoles estamos atacando el Canal, merecemos que nos exijan visa para entrar a Panamá a ‘TODOS’ (sic.) y que nos revoquen los permisos de trabajo a ‘TODOS’ (sic.). Imbéciles que hacen llorar a mujeres españolas acosándolas a insultos en un sitio público mientras algún caballero con decencia y dos dedos de frente ha de salir en su defensa. Pequeñas empresas con capital español que han visto rechazadas sus propuestas porque, les dicen, se ha dado ‘la orden’ de que ‘españoles no’. Algún cerebro brillante al que, ante las críticas bien fundadas en el aullido que escribí en semanas pasadas, lo único que se le ocurre replicar es que si no me gusta Panamá, que me largue con SACYR y por allí mismo me lleve a CUSA.
Pero he de ser sincera, yo creía que los responsables de estos hechos y comentarios poco afortunados eran energúmenos que no tenían ni dos dedos de frente. Cenutrios a los que la educación no había conseguido desbravar. Pero entonces, con consternación, leo comentarios hechos por personas a las que admiro por su cultura. Y ahí fue el llanto y el crujir de dientes.
Antes de continuar he de dejar sentado, por si acaso, que deploro la situación que está atravesando el Canal y concuerdo, como la mayor parte de los españoles, en que el consorcio en el que SACYR tiene una parte (en el mismo hay también italianos y panameños, ¿contra ellos no nos revolvemos?) ha hecho las cosas, no mal, sino muy mal. Ahora bien, y una vez fijado ese punto, ¿podrían ustedes decirme qué culpa tenemos el resto de los españoles?
No se equivoquen, los comentarios no son simples palabras que se lleva el viento. Los comentarios, dependiendo de quién vengan y en donde se hagan, pueden llegar a ser desencadenantes de una avalancha social. Es muy fácil buscar cabezas de turco. Es muy sencillo para demagogos y medios de comunicación hacer comentarios que suenan bien sin pensar en las consecuencias reales que puedan tener. Escriben lo que les pasa por la cabeza y argumentan que no hilan fino, pero meten en el mismo saco a justos y pecadores. Se expresan con lugares comunes. Generalizan, vamos, y así, prenden un incendio que es difícil saber qué tan grande puede llegar a ser. Pero no se paran a pensar que si todos los males de Panamá han venido y vienen de España, también vienen de allí aproximadamente el 33% de los genes que poseen todos los panameños.