Niños entierran su inocencia en duras faenas agrícolas

Hay 5,126 niñas y niños chiricanos que no tienen las vivencias propias de su edad, sino que por su pobreza tienen que trabajar en labores agrícolas, principalmente, para poder ayudar al sostenimiento económico de sus hogares.

La principal consecuencia de esta situación es que se ven forzados a dejar los estudios para laborar. Es preocupante que 4 de cada 10 menores que trabajan abandonan los centros educativos.

La mayor parte de estos menores con edades entre 5 y 9 años laboran en fincas de café y hortalizas en Renacimiento, Boquete, Volcán y otras zonas productivas de la provincia. Pero la incidencia más grave se registra en el área indígena. Se calcula que en el país, unos 22,000 niños que viven en estas regiones marginadas realizan labores de campo.

De estos menores que trabajan en Chiriquí, unos 139 resultan con lesiones a consecuencia de las labores que realizan, según Casa Esperanza.

Además del riesgo físico al que se exponen, estos niños sufren trastornos emocionales y se afecta su desarrollo cognoscitivo, pues desempeñan actividades inapropiadas para su edad y adoptan responsabilidades inherentes a un adulto, como es el sustento diario para sus familias, asegura la psicóloga Katia Serrano.

Oportunidad.
Si no fuera por una intervención decidida, en Panamá la situación sería peor.

Maritza Anderson, directora Ejecutiva de Casa Esperanza en la provincia de Chiriquí, sostiene que desde 1992 mantienen una constante vigilancia y seguimiento de menores que son utilizados para actividades agrícolas y de empresas, con el objetivo de recuperarlos y brindarles la oportunidad de estudios.

Desarrollan programas de atención integral que incluyen servicios educativos y sociales a niños y niñas, que cambiaron la canasta y las ventas callejeras por una mochila y un diploma.

Un fruto robusto de este trabajo de Casa Esperanza es Glorieth Caballero, de 19 años, quien es estudiante de Mercadeo y Publicidad en la Universidad Autónoma de Chiriquí.

“Vengo de una familia muy pobre de la comunidad de San Carlitos, con 7 hermanos más pequeños. Desde pequeña me levantaba temprano para envolver las panelas y tenerlas listas para la venta, antes de irme a la escuela”, nos cuenta.

En muchas ocasiones le tocó revolver el jugo de caña hasta que estuviese listo para verterlo en los moldes y hacer las raspaduras. Como estos ingresos eran escasos y por ser la hermana mayor, tuvo que salir a trabajar como doméstica, sobre todo durante las vacaciones.

Ingresó a la secundaria, pero su mamá ya no podía seguir cubriéndole los gastos escolares. Cuando ya estaba casi resignada a sufrir una de las consecuencias de la pobreza, una profesora le habló de Casa Esperanza. Fue así como educadores de esa organización fueron a su colegio y la invitaron al Centro de Atención Integral de Casa Esperanza en la ciudad de David.

Gracias a ese apoyo pudo estudiar en el Colegio Francisco Morazán y el año pasado terminó su bachillerato en Comercio. Actualmente estudia en la Universidad Autónoma de Chiriquí la Licenciatura de Mercadeo y Publicidad.


Categoría
fecha edicion
old id
695356
autor
José Vásquez
Fecha y hora de publicación