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La seducción electoral
En medio de los vericuetos propios de la política criolla, por alguna razón quienes hayan leído la obra de Fito Aguilera “Rosca, S.A.” conocerán que hoy, más que nunca, cobra vigencia todo cuanto en ella expone este autor nacional. Campañas sucias, influencias, manejos, manipulaciones, diatribas, desconciertos, desaciertos, yerros, vacilones, órdenes que suben y órdenes que bajan, etc. se repiten a diario en este universo de cosas propias y que suelen darse o producirse en el seno de las contiendas electorales.
Sin embargo, las circunstancias claramente objetivas del escenario político y, por qué no decirlo, también el sistema de valores en el que se incrusta la actual clase política, han venido a sentar cambios radicales que confieren al discurso político connotaciones que lo hacen ambiguo, de difícil comprensión, y hasta desafortunado, inverosímil, imposible.
Res non verba reza el latinismo, traducido: Hechos, no palabras. Con él se quiere indicar que las palabras deben acompañar o desfilar junto a las acciones, es decir, la concreción del discurso aterrizando en el plano de las realidades o en las ejecutorias.
Los candidatos presidenciales, ellos más que nadie, deben aterrizar sus promesas de campañas diciéndole al país, a mi juicio, entre otras cosas, las siguientes: 1. Modo o mecanismo de implementar lo que se promete. 2. Dineros o fondos existentes o, al menos, la fuente de estos, para poner en ejecución el plan. 3. Plataforma o base, estudios, proyectos ya existentes sobre la promesa que se hace –caso de ser posible-. 4. Personal o el recurso humano con que se cuenta para ello. 5. Ventajas o desventajas del proyecto. 6. Beneficios para la colectividad. 7. Empresas o personas que pueden desarrollar o realizar el proyecto objeto de la promesa, etc.
Con ello, lo que queremos decir es que a la mente inteligente, al ciudadano pensante –hoy día debe entenderse que ciudadano pensante no solo es el estudiado, sino el que todo lo analiza, lo reflexiona, o al menos se preocupa por buscarle una explicación satisfactoria de aceptación o de rechazo al discurso político-, debe brindársele, con palabras sencillas y claras, qué es eso que se promete y cómo se va a cumplir con dicha promesa.
No podemos asistir, porque es peligroso, a una especie de concierto competitivo entre los candidatos en el que resultará triunfador aquel que haga más propuestas exóticas o seductoras, similar a como el caballero, que interesado en conquistar el corazón de la dama, a base de engaños, le promete cielo, tierra y mar.
Me viene al pensamiento un caso de seducción que hace ya muchos años atendí en la ciudad de La Chorrera. Se trataba de una moza que sostenía que encontrándose en un baile en la plaza 28 de Noviembre, cierto caballero la había “logrado” diciéndole que si lo “aceptaba” le compraría un televisor, una refrigeradora y una cama, y que ella le había creído. Finalmente, cedió a las pretensiones del caballero y este no cumplió con ninguna de sus promesas. El delito de seducción estaba consagrado en la legislación del Código Penal de 1982. Seducción proviene de la voz latina seducere, que significa “apartar o desviar del camino”.
El seductor es un experto en desviar la psiquis o la determinación psíquica de su víctima. Así mismo están los políticos, todos, sin exclusiones, seduciendo al pueblo, al elector, a efectos de que terminen dándole un “sí”, indubitable, seguro, irrevocable. Algunos hasta se adelantan, hacen sus propias encuestas, se sientan con sus grupos de trabajo y dicen contar con tal o cual cantidad de votos. Cuando los que se encuentran como candidatos en la campaña política ponen sus afiches o retratos en la puerta o en una pared de la casa del elector, dicen sentirse seguros de que allí se exhibe su figura y que nadie más se atreverá a acercarse por esos predios. Y hasta funciona, porque otros candidatos tímidos ni siquiera pensarán en acercarse.
Ahora bien, lo que es realmente la esencia del delito de seducción es el engaño empleado por el victimario. Engaño que tiene la fuerza y la capacidad de hacer variar de opinión, de idea, de criterio. Es tan poderoso el engaño, su dosis, que la víctima termina convenciéndose de que el seductor tiene toda la razón o, al menos, da por buena su idea o propuesta.
Sin embargo, ¿qué debemos entender por engaño? Bien, hay coincidencia en la doctrina en sostener que hay engaño cuando se le confiere a la mentira apariencia de verdad o se induce a otro a tener por cierto lo que no lo es, y para ello se emplean o se usan palabras u obras aparentes o fingidas. Por engaño hay que entender también la antítesis de la verdad, engañar es hacer creer a alguien mediante palabras o de cualquier otra manera algo que no es verdad, de tal modo que la persona consienta. El engaño relevante, penalmente, es el que produce un error esencial en la víctima que le lleva a acceder al coito.
En conclusión, la seducción o el engaño fraudulento en política debe entenderse como aquel que está dirigido a obtener el voto, cueste lo que cueste, a base de mentiras, de engaños, es decir, promesas irrealizables, no ejecutables, imposibles. Cuidado entonces con las promesas que con apariencia de verdad son grandes mentiras. No a la seducción electoral.