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Verdadero acto de madurar
El acto de madurar, para un niño, puede no significar nada, quizá porque su comportamiento infantil, despreocupado e ingenuo se considera normal a su edad o también porque en esta etapa la sociedad no puede exigirle nada más que crecer y experimentar la vida. En cambio, para un adolescente, el acto de madurar es algo implícito que llega no solo con el pasar de los años, sino con la culminación de distintas metas que son consideradas estándares de maduración en la sociedad: la llegada de la pubertad, culminación de sus estudios, etc.
Según la Real Academia Española, madurar significa “adquirir pleno desarrollo físico e intelectual”, y si nos basamos en esta definición, se hace totalmente válido decir que una persona requiere madurar para poder ser parte integral de la sociedad, pero, lo lamentable es que para esta misma sociedad madurar significa que el joven debe dejar de realizar ciertas actividades consideradas inútiles o poco productivas, desde un punto de vista económico o laboral, y cumplir con varios nuevos requisitos, tanto de etiqueta como de apariencia, para entonces ser considerado parte funcional de la sociedad. Al hablar de “actividades consideradas inútiles o poco productivas”, nos referimos a toda actividad que no le genere, al menos de manera significativa, beneficios económicos al joven, pues, por más talento que tenga para tocar algún instrumento, tomar fotografías o dibujar bocetos, si estas actividades no generan una cantidad de dinero significativa, entonces se procede a omitirlas y a considerarlas “una total pérdida de tiempo”. Lo mismo sucede con los requisitos a cumplir que la sociedad establece, estos se refieren a que el joven debe adaptarse a lo que se considera apto y correcto para la sociedad en la que vive, es decir, cambiar su manera de vestir, comportarse, hablar e incluso de pensar, para poder entonces ser un miembro funcional. Es aquí cuando descubrimos lo que significa madurar en la sociedad en que vivimos. Madurar no significa “adquirir pleno desarrollo físico e intelectual”, sino “adaptarse, si es necesario, cambiando la propia esencia individual al estándar de madurez establecido por la sociedad para, de esta manera, lograr ser miembro funcional de ella”.
Debemos entonces comprender que no es necesario, ni tampoco saludable, adaptarnos de manera ciega a lo que la sociedad parece esperar de nosotros. Es necesario mantener un balance y recordar que siempre será más feliz quien se mantiene fiel a sí mismo, porque el dinero dura unos años, pero el remordimiento por haberse dado la espalda a uno mismo dura toda la vida.