Carnaval seguro

Por: Redacción 02/03/2014

El descomunal operativo de seguridad, salud, turismo, transporte, desplegado por las autoridades estatales a lo largo y ancho de la geografía nacional responde al objetivo de preservar el derecho de los panameños de divertirse, pero sanamente, sin menoscabo de su integridad física y anímica. Todos los esfuerzos económicos, humanos, tecnológicos aplicados por las autoridades policiales y sanitarias deben motivar la respuesta responsable de la población.

La colaboración de jóvenes y adultos es indispensable en estos días de esparcimiento, puesto que el operativo tiene la finalidad de evitar hasta donde sea racional una crónica de accidentes traumáticos debido a la velocidad excesiva, la embriaguez y la comisión de actos delictivos. Quienes irresponsablemente conduzcan más allá de los límites de velocidad serán ubicados en segundos por radares con cámaras e impresores, videos en tiempo real y una gama de instrumentos tecnológicos y luego, detenidos por unidades especiales.

El Sistema de Protección Civil (Sinaproc) usará dronespara que cámaras aéreas capten los que circulen en forma desordenada. Mediante el sistema GPS se ubicará los tramos donde se desplacen a velocidad extrema.

Religiones y culturas antiguas practicaron ritos de purificación de elementos nocivos a la espiritualidad. Los griegos concibieron las tragedias teatrales como actos de exorcismo para expulsar los demonios que aniden en el alma. Los romanos crearon bacanales carnavalescas como exaltación de los sentidos. La cultura carnavalesca panameña representa un reencuentro con las tradiciones populares a través de espectaculares desplazamientos de personas que regresan a sus pueblos de origen para renovar su identidad.

Los culecos salpican agua sobre el cuerpo. Pero el espíritu nacional se retroalimenta con los desfiles de las carrozas alegóricas, al son de las murgas. La juventud de las reinas de belleza restablece los puentes entre la tradición y lo nuevo, entre el folclor de los abuelos y la modernidad de las danzas. Cada pueblo renueva sus ritos, con el retorno de los que emigraron a la capital, sin perder sus costumbres ancestrales.

En las calles y parques de Las Tablas; a la orilla de los ríos en Coclé; en los parques de Chitré; en los hogares de Los Santos; en la geometría de la Cinta Costera, Panamá se reencuentra, regresa a sus orígenes, ahuyenta los maleficios del urbanismo desbocado. Así lo perciben las autoridades al abrir espacios a los festejos populares, e invierten en la contratación de artistas nacionales e internacionales.

El pueblo que trabaja bajo el estrés del tránsito; que gana el sustento con el sudor de la frente, alivia las tensiones de la aventura cotidiana con los festejos del Carnaval. La economía nacional se descentraliza, el turismo interno despliega sus ofertas, se amplía el diálogo coloquial de familiares y amigos. Sin embargo, la fiesta no debe transgredir la mesura.

Para que las reglas se respeten, se han preparado policías, bomberos, centros de salud. Los centros hospitalarios están en alerta verde para afrontar emergencias. Se han repartido condones para bloquear enfermedades de transmisión sexual. El Servicio Aeronaval patrulla océanos, ríos, lagos para el rescate de bañistas en apuros. Pero la responsabilidad humana es lo primero.