Cuatro comensales en Ciudad Redonda

Enfrentando sendas bandejas de pastas, rociadas de vino tinto: Macedonio Fernández, Lucrecio, Nietzsche y Anais Nin.

Lucrecio, incómodo por la túnica que se enreda en los arabescos de la silla, dice con sencillez: «Nam cupide conculcatur nimis ante metutum...». Anais Nin lo interrumpe: —No entiendo ni papa de lo que dice. Que alguien lo traduzca. El caballeroso Macedonio recoje el guante: —Lo que ha sido temido en exceso es tanto más pisoteado.

—No concibo que alguien se afane en ser temido –declara la hermosa Anais.

—Entonces, bichita atrevida, nunca saborearás las mieles del poder. –vaticina Nietzsche.

—Pero che, para qué quiere esta linda pebeta el poder si le sobra la fuerza de la belleza –interviene Macedonio.

—Multimodis igitur pravas turpesque videmus / Esse in deliciis, summóque in honore vigere...–Dispara Lucrecio otro latinazo.

Sacude su corta cabellera Anais y mira con ojos entomatados a Macedonio que, presto, traduce mientras debajo de la mesa acaricia el pie de la francesita:

—Vemos a menudo a feas y deformes cautivar corazones y recibir los mayores honores... –y añade:– Afirmación, mademoiselle, que ningún hombre podría relacionar con usted.

Nietzsche se atusa los enormes bigotes: —¿Por qué seré tan inteligente, tan absolutamente sabio, tan irremediablemente genial?

Entonces Macedonio Fernández, que desespera por separarse de los doctos señores y salir disparado en compañía de la brumosa Anais, desechando los principios del trato entre escritores, dijo:—Su genialidad, señor Federico, debe tener como origen el tamaño de su cabeza que, además de ser redonda como una calabaza, lo único que realmente impresiona es su tamaño. ¡Oh, por Dios, señor, camine en la tierra, no patine por las nubes.

—Pocas personas, maese Fernández, considerarían profundas sus observaciones. Yo, a pesar suyo, reconozco con toda humildad que soy el más grande.

—Nil sunt ad summam summai totius omnem –canturreó Lucrecio.

Espeso silencio. Nietzsche, desentendido, desprendió las cenizas de su tabaco. Nin, ruborizada, resiste un escalofrío. Macedonio, que presiente que el grupo va a desmoronarse, deja de sobar la pierna de Anais y se pone el zapato que se había quitado para sentir la piel de la mujer. Suspiró y tradujo para la francesita: —Estas cosas, son nada comparadas con la inmensidad de la inmensidad

Y Nietzsche: —Se me escapa hasta qué punto debía ser yo pecador...


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fecha edicion
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4113
autor
Ernesto Endara (Escritor)
Fecha y hora de publicación