Moamar Gadafi, el poderoso líder de Libia durante cuatro décadas, pasó sus últimas semanas saltando de un escondite a otro en su ciudad natal de Sirte en un vaivén emocional, entre la rabia y la desesperación, mientras se desplomaba su régimen, dijo un allegado que ahora está preso.
Gadafi, su hijo Muatassim y una comitiva de dos decenas de incondicionales quedaron aislados del resto del mundo en su fuga desesperada, viviendo en casas abandonadas sin televisores, teléfonos ni electricidad y usando velas para iluminarse, reveló Mansour Dao, miembro del clan de Gadafi y ex jefe de guardaespaldas.
Gadafi pasaba el tiempo leyendo, haciendo anotaciones o preparando té en una estufa a carbón, dijo Dao en una sala de conferencias, ahora empleada como celda, en el cuartel general de las fuerzas revolucionarias en la ciudad de Misrata. “El no conducía la batalla”, dijo Dao. “Sus hijos lo hacían. El no planeó nada ni pensó en ningún plan”.
Gadafi, que había regido un país de seis millones de habitantes con puño de hierro, “estaba estresado, realmente indignado, a veces furioso”, recordó Dao. “Mayormente estaba triste y enfadado”.