En la pantanosa costa Mosquitia de Honduras, pueblos enteros viven del tráfico de cocaína: a plena luz del día, hombres, mujeres y niños descargan de lanchas rápidas fardos de la droga destinados a Estados Unidos.
A lo largo de la costa atlántica, los ricos de la zona son propietarios de decenas de haciendas, yates y mansiones, producto del tráfico de drogas.
Y en San Pedro Sula, las bandas de narcotraficantes cuentan con ejércitos de vendedores callejeros que recurren frecuentemente a la violencia y aumentan las tasas de asesinatos de esta ciudad costera.
Este empobrecido país centroamericano ofrece una importante escala a las drogas que viajan de Sudamérica a Estados Unidos y tiene una de las tasas de homicidios más altas del mundo como consecuencia de la violencia que conlleva este tráfico ilegal.
“Honduras es el punto de trasbordo número uno de los traficantes que transportan la cocaína hacia Estados Unidos a través de México”, manifestó un agente estadounidense que no puede ser identificado por razones de seguridad. Un informe del Departamento de Estado estadounidense difundido en marzo describe a Honduras como “una de las escalas más importantes para la cocaína que viene de Sudamérica”.
Casi la mitad de la cocaína que llega a EE.UU. pasa por algún punto de la costa o de la selva hondureña. Funcionarios de Honduras y Estados Unidos calculan que entre 20 y 25 toneladas de cocaína son trasbordadas todos los meses.
No es fácil interrumpir ese flujo, de acuerdo con Alfredo Landaverde, ex asesor del ministerio de seguridad de Honduras, porque no hay muchas otras fuentes de dinero en efectivo.
“Tenemos que reconocer que esta es una sociedad muy vulnerable,” dijo.