Estoy vestida de rojo, así como te gustaba tanto. Rojo encendido, rojo pasión, del carmín al bermellón, pasando por todas las tonalidades intermedias, cada una más encendida que la otra. Dicen que el rojo me va bien, porque soy invierno, cabello azabache y piel muy blanca, casi traslúcida. Lo sé, y me río mientras me miro al espejo, recordando cómo me observabas aquella noche en esa fiesta.
Pinto mis labios de rojo fuego, deslizando el labial suavemente, de manera casi imperceptible, como una caricia sensual. Abro lentamente la boca, y juego a lanzarle un beso a mi imagen en el espejo. Soy una mujer irresistible, y eso me encanta tanto como te fascinaba a ti. Por eso en la fiesta me buscaste con la mirada, y mientras todos brindaban y bailaban, los sentidos obnubilados por el alcohol, tú me llevaste aparte hasta quedarnos a solas, con el mar como único testigo.
Me besaste. Y me adoraste, como solo se adora a una diosa. Nos comimos vivos, disfrutando cada espacio de nuestro ser. Fundiéndonos en un fuego rojo intenso, amándonos como si no existiera el mañana. Absorbí la esencia de tu vida, hasta dejarte exhausto.
Regreso otra vez a mi realidad, sin ti. Frente al espejo. Excitada por las imágenes de una pasión alucinante. Termino de aplicarme el labial. Es noche de luna llena, y mi sed de rojo sangre aumenta, esperando saciar con mi próxima víctima el deseo que me consume desde hace siglos.