Breve solicitud a compañeros de viaje

Mónica Miguel Franco (Antropóloga, actriz y escritora) / Antropóloga, actriz y escritora

Lo confieso, soy un culo de mal asiento, una viajera irredenta. Muchos de los mejores recuerdos de mi vida están asociados a algún viaje. No me importa si son largos o cortos, no es la distancia a la que te mueves si no la conciencia de estar en otro sitio, Madrid, Toledo, la montaña leonesa…. Cada nuevo viaje es una aventura, caballos en soltura o un perro que se acercaba a saludarte y a darte la bienvenida.

Mis padres educaron en mí el gusto por descubrir lo que había más allá de la siguiente curva. En mi infancia, nunca me arredraron los mareos que me volvían el estómago del revés en el coche o los largos kilómetros de carretera compartiendo coche con dos hermanas y tres sandías. No tengo ninguna pereza en hacer y deshacer maletas, dormir donde pille la noche o decidir un desvío del itinerario para ver algo que me ha llamado la atención. Mi camino me ha traído a Panamá, creo que hay pocos rincones del istmo que aún no conozco y pienso ir descubriéndolos punto por punto. Pero no es de mi itinerario turístico de lo que quiero hablar hoy, sino del coñazo que es, hoy en día, viajar. Sobre todo, viajar en avión. Con esto de la pérdida de las buenas costumbres, el glamour y la educación, compartir horas con desconocidos es poco tentador y son los aviones los que se llevan la palma. Ahora, entrar en un aeropuerto es entrar en la cantina de la guerra de las galaxias. La dimensión desconocida, vamos. Las normas espacio – temporales se difuminan y los códigos cambian. Te sientes violada una y otra vez en nombre de una falsa sensación de seguridad, y ves las miserias de tus compañeros de odisea, calcetines rotos, lágrimas y miedos. De eso precisamente va esta columna, porque yo quisiera elevar una petición a todos aquellos que usan los aeropuertos, y los aviones. En nombre de los que tratamos de llevar las largas horas de la mejor manera y molestar lo menos posible se lo pido: domestiquen a sus hijos. O pónganles bozal y cadena. Porque (fíjense en las caras de los que tienen alrededor) no todo el mundo piensa que sus niños de ustedes son los más encantadores del universo, a veces los que estamos cerca debemos contener las ganas de soltarles un sopapo por gritones, llorones o pelmazos.

Y no se quite los zapatos, por María Santísima, que usted no sea consciente de su propio hedor no quiere decir que los demás seamos inmunes al olor de queso rancio. (No estaría de más que además se hubiera usted duchado y usado desodorante antes de iniciar la travesía, y que mastique con la boca cerrada).

¡Ah!, un datito, si trata de entablar conversación con su vecino de al lado y éste le contesta con escuetos monosílabos tres veces seguidas, no insista, no es su tipo… trate de dormirse apoyado en otro hombro.

Por último… el miedo…. qué canguelo les da a muchos lo de volar ¿eh? Que yo lo entiendo y lo respeto, señores, que cada uno es muy dueño de tenerle miedo a lo que quiera, pero miren, yo la verdad es que prefiero pensar en eso que dice mi padre de que nadie pisa la raya el día antes. Así que, no, por favor, no se agarre a la mano de una desconocida en una turbulencia, quizás usted no sea la persona con la que esa desconocida quiere pasar el umbral. Ya sabe lo que dicen, a veces vale más morir sola que mal acompañada. ¿Vale?, buen viento y buen viaje.


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