El secuestro de mascotas se ha convertido en un negocio lucrativo
"Si son perros o gatos comunes, los envían a los restaurantes, pero si son animales de raza los intentan revender como mascotas o exigen un rescate al dueño. He visto a gente desesperada pagar hasta mil dólares por recuperar a su perro", explica el veterinario Nguyen Van Nghia, que ha colaborado en la liberación de mascotas en Ho Chi Minh.
Nghia aconseja a las víctimas no pagar rescates para frenar estos delitos, pero es consciente de que la mayoría termina por ceder al chantaje con tal de reencontrarse con su animal favorito.
A Hien Pham, una vietnamita de 29 años, todavía le brotan las lágrimas cuando habla de Gina, una perra de raza pomerania secuestrada por primera vez en Ho Chi Minh.
"Estaba a unos metros de mí, delante de mi casa. Pasaba por allí un hombre bien vestido que iba hablando por el teléfono móvil. No sospeché de él por su buen aspecto. De repente, agarró a la perra, se subió a una moto y desapareció".
Al día siguiente, Hien acudió al mercado callejero de animales de Ho Chi Minh y los vendedores localizaron a su mascota tras decirles la raza y la parte de la ciudad en que fue capturada.
Tras una tensa negociación, acordó un pago de 250 dólares y llevó a su perra de vuelta a casa, pero la recobrada felicidad no duró demasiado.
"Tres meses después, un día dejé a Gina salir a la puerta de casa y me despisté un momento. Cuando me di cuenta, la perra había desaparecido sin dejar rastro", rememora.
Consciente de que los delincuentes sabían que estaba dispuesta a pagar, pensó que negociaría mejor si dejaba pasar dos días antes de acudir al mercado de animales. Pero esto fue un riesgo demasiado alto porque no volvió a ver a su perra.
Hien nunca pensó en acudir a la Policía "porque sería inútil", una opinión que no comparte Nghia.
"Es cierto que la Policía no se toma en serio estos delitos, dicen que tienen otras cosas que hacer, pero si todas las víctimas acudieran a denunciarlo cuando ocurre quizá cambiarían su actitud", sostiene el albéitar.
Nghia cree que la única manera de solucionar el problema a largo plazo es cambiar las mentalidades de los más pequeños y para ello intenta dar charlas por las escuelas.