Don Heraclio Quirós tiene más de 93 años y recuerda que a los 10 jugaba béisbol con sus amigos, justo donde ahora queda el Parque 8 de Diciembre. El “home” quedaba en el lugar que se determinó centro geográfico del país, en Penonomé.
“El Penonomé en la década de los 60 era un pueblo pequeño, pero con educación y cultura de altura”, afirma con añoranza.
Antes la canasta básica era muy barata, pues el arroz llegó a estar a un real la libra y las naranjas eran casi regaladas, a un dólar o menos el ciento, cuando ahora están a cinco y seis dólares.
Vasco Franco, penonomeño de mediana edad, recuerda que pocas casas tenían luz eléctrica, muchas personas subsistían de la agricultura, y raros eran los que podían comprar en un súper. “Bueno, recuerdo que en ese tiempo, mi mamá iba con nosotros al quiosco en San Antonio a comprar lo básico y era mucho más barato”, comenta.
De la avenida central de antaño, solo subsiste una tienda o quiosco, “El Faro”, que mantiene orgulloso su estructura de quincha.
Sobre los Carnavales, los residentes mayores relatan que eran muy sanos, se mojaba con totumas y tanques, y se bailaba tamborito, no como ahora, que abundan tarimas y discotecas, y se moja con carros cisternas.
Cuenta don Heraclio que fue en las postrimerías del siglo XIX cuando Penonomé lució alumbrado con la colocación de faroles que trabajaban con lámparas de vidrio y metal, alimentadas con kerosín. Otra anécdota que relata es sobre el “pipote” o tonel tirado por una mula, que se paseaba por las calles vendiendo agua. “Yo recuerdo que le comprábamos agua al señor José Dolores Benítez, que vendía dos galones a dos reales, y para nosotros era una maravilla verlo llegar al pueblo, para así no ir nosotros hasta el pozo a buscarla”, afirma.