En su primera visita a Brasil para la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), el papa Francisco se enfrenta a una doble misión: tratar de contener el crecimiento de las denominaciones evangélicas pentecostales y atraer a los fieles que se han alejado de la Iglesia católica y que -cada vez más- se declaran "sin religión".
La tarea es especialmente difícil en Río de Janeiro, la sede escogida para realizar este evento, que se extenderá hasta el domingo. La ciudad tiene una de las proporciones más bajas de católicos entre las urbes brasileñas, lo que refleja en mayor grado -según los demógrafos- la crisis que enfrenta el catolicismo en el país.
Los datos del último censo de 2010 revelaron que, por primera vez, el número de católicos en Brasil disminuyó en términos absolutos y relativos. En 2000, los católicos brasileños sumaban 125 millones y representaban el 73.6% de la población; mientras que en 2010 eran 123.3 millones o el 64.6% del total.