Diana de Gales se convirtió durante los últimos años en un personaje muy incómodo para la familia real británica, que contemplaba con recelo cómo su importante labor benéfica, su cercanía con la gente y su afán de mantener siempre a sus dos hijos en contacto con la realidad, situaban su carisma y popularidad muy por encima de la de otros miembros de la realeza.
Solo las sospechas de que un militar pudo estar implicado en su muerte amenaza la actual época dorada que abraza la monarquía británica.