Mauro Velocci será recordado como la figura detrás del oscuro negocio de las cárceles modulares que nunca se concretó, a pesar de sus planes de extorsión para lograr el negocio.
Alejado del estereotipo de un hombre de negocios, Velocci llevó en Panamá una vida de desenfreno, drogas, prostitución e importantes deudas.
Incluso, Valter Lavítola le llegó a confesar a Angelo Capriotti, presidente de Svemark, que a Velocci la cocaína le iba bien, ya que lo ayudaba a trabajar y a vencer el cansancio.
“En dicha época Mauro Velocci manifestaba signos de inestabilidad mental, porque era un consumidor habitual de cocaína”, resaltó Capriotti en una declaración ante las autoridades italianas.
En lo mismo coinciden el exchofer y la extraductora de Velocci.
Antonio Santoya Hernández reveló que Velocci asistía drogado a las reuniones en el Ministerio de Gobierno para la negociación de las cárceles.
Velocci se transportó en un taxi alquilado durante 15 meses en Panamá y regularmente visitaba en la noche el club Habanos Café, en busca de prostitutas, dijo Santoya, resaltando que le quedó debiendo 1,500 dólares.
Lo mismo declaró Fabiana Querini, a quien Velocci contrató como traductora para asistir a las negociaciones en el Ministerio de Gobierno.
Querini dijo que nunca se habló en estas reuniones del pago de sobornos a funcionarios. La traductora se quedó esperando el pago de sus últimos tres meses de trabajo. También calificó a Velocci como un empresario poco serio, que le quedó debiendo cuatro quincenas de trabajo como traductora y asistente.