“El inmenso desierto será nuestro tálamo nupcial. Ven conmigo, ¡te amo!, suplicaba un desesperado Radamés, a su amada Aida, quien también desfallecía de dolor, ante la imposibilidad de cristalizar su amor, hijo de la guerra entre sus países, destino incierto, lúgubre, del que no podrían divorciarse.
Él no podía amar a dos mujeres que suspiraban y se desvelaban por él.
Tampoco, elegir entre la patria o el amor, ¡qué difícil elección!
Señalados, repudiados, sin tierra dónde cobijar, habrían de partir, pero, el hado tenía otros planes.