Conocí a Julito Zachrisson el siglo pasado. En esos tiempos le decían "Pomarrosa". Eran ?me repito? los tiempos heroicos de nuestra juventud. Más que heroicos deberíamos llamarlos desequilibrados, alborotosos, libres, sin juicio ni responsabilidades. Pero el paso de los años sacudió la superficialidad de esas vidas y nos empujó a lo que sea nos tenía reservado el destino. A Julito, qué duda puede haber, le señalaba un solo trillo: la pintura. Se fue a pie a México, con otro pintor (Maldonado). Allá, ambos impresionaron y los becaron. Regresó al terruño. Hizo exposiciones y en 1959 se largo a Europa. Lo llevé a Cristóbal donde debía abordar el S/S Cristoforo Colombo que lo llevaría a Génova. Nos acompañó una enfermera (amiga mía), con la que bailó en el Squire. Disimuladamente, los veía por el espejo de la barra. Ella era más alta que yo por lo que Julito se empinaba para hablarle al oído. ¡Demonios! La hizo reír demasiado. Los celos me pellizcaron. Finalmente lo trepamos al barco. Quise saber por qué reía tanto. Le habló del Duende del Paraíso que habitaba un arbolito de limón. Mi desquite fue que copié la idea y escribí un cuento: "El duende que inventó el amor".
No sé si Julito es el mejor pintor panameño, pero seguro es el que más prodigiosas figuras plasma con su pincel y su buril: "La muerte de Pancha Manchá', con miuras, brujas y maleantes; 'El cumpleaños del cueco Casimiro", con pasteles donde las velas son penes gigantes. En "El circo visita Darién", en un imposible acto de equilibrio, el artista atrapa a un pájaro que vuela a su alrededor de un taponazo en el culo. Dice Julito que al final del espectáculo nadie aplaudió porque todos estaban muertos.
Hace un par de meses lo volví a ver en Madrid (durante la presentación de Panamá Split). Tuvimos una plática maravillosa. Una hermosa mujer se acercó, precisamente cuando me decía que había perdido la vista. "¿No ves nada?" Le pregunté. Y, agarrando a la dama por la cadera, contestó: "No veo, pero palpo". Ah, Julius, no pierdas tu gracia.
Desde la pared de mi sala, me miran y los miro, un pescador, un actor y un duende que me regaló Julito. Yo le dediqué un cuento, un poema y ahora esta columna. Todavía estoy en deuda.