200 añitos
La mayor parte de los estados des-unidos de América Latina le están montando el pie a los 200 años de existencia como naciones libres e independientes, según rezaban las declaraciones de independencia que, hace 200 años, menudeaban en esta parte del mundo. Ya más entrados en años, nos ha gustado llamarnos y que nos llamen “el continente de la esperanza”.
En el ADN de nuestra cultura política ha hecho plaza la inclinación a mirarnos con cierta compasión, a la hora de explicar nuestro retraso en la carrera del desarrollo, y a poner las causas de nuestro poco lucido desempeño, fuera de nuestra propia responsabilidad.
Es que somos pueblos jóvenes. Es que las potencias del viejo continente nos dejaron exhaustos y retrasados, decíamos en el S. XIX. Es que un país muy, muy rico y grande se ha impuesto como centro mientras que nosotros quedamos reducidos a ser países de la periferia. Sólo en años recientes parece abrirse camino, no sin enormes dificultades, la tesis de nuestra responsabilidad central en lo que nos ha ocurrido y lo que nos ocurra en futuro. Va siendo tiempo de que cambiemos el programa y miremos con realismo y decisión, cuáles son los caminos ensayados por otros que, tan “jóvenes” como nosotros o poco menos, se han conseguido un puesto en el club del Primer Mundo. O llegaremos al tricentenario, siendo el continente de la esperanza, tomando atajos y haciendo revoluciones.
