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¡Acusar y probar!

Por: Redacción 21/03/2014

En una audiencia por homicidio, en la que a mi cliente se le acusaba de haber sido el causante de la muerte de cierta persona, y luego de haber escuchado el alegato de la fiscalía, y como suele acontecer, virulento al extremo, pidiendo la pena máxima para mi representado, al llegar mi turno para alegar en nombre de mi defendido, inicié mi intervención con la siguiente introducción: “Señores del Jurado, si una cosa siempre pido a quienes acusan es que presenten las pruebas de la acusación. Es decir, si la fiscalía sostiene y ha dicho en este acto de audiencia pública que mi cliente fue quien causó la muerte de…, tan solo me habría conformado con ver las pruebas. Pregunto: Le fueron presentadas a ustedes las pruebas de que, efectivamente, fue mi representado quien mató a …..?”.

SE REQUIERE, SIN DUDA, MESURAR EL DISCURSO, SOBRE TODO EL POLÍTICO. PANAMÁ ES UN PAÍS TAN PEQUEÑO QUE, AL POCO MOVIMIENTO QUE HAGAMOS, AL MÍNIMO DESPLAZAMIENTO NUESTRO, CASI NOS ESTAMOS FRICCIONANDO...

Con ello pude advertir que el jurado empezó a interesarse en mi alegato y al seguir la lógica elemental de la naturaleza de las cosas, profundizar en la importancia de las pruebas y que quien acusa es quien, al mismo tiempo tiene la sagrada misión de probar el cargo y la vinculación del acusado con el delito, concluí diciendo al jurado: “Si no existen las pruebas plenas de que mi defendido causó la muerte de tal o cual persona, si no existen las pruebas plenas de que fue él y solamente él quien lo mató, ustedes jamás podrán proferir un veredicto de culpabilidad en contra de mi representado. Toca o corresponde una sola cuestión, que lo declaren inocente”. Luego, el jurado se retiró a deliberar la inocencia o culpabilidad de mi defendido.

No transcurrieron los treinta minutos, y ya el magistrado que presidía la audiencia anunciaba que el jurado había emitido su veredicto o decisión: ¡Inocente!

Nadie, absolutamente nadie quiere ser acusado de un hecho o delito que no ha perpetrado o cometido. A nadie le agrada la idea de que lo acusen de modo temerario o falsario. Nadie quiere ser sujeto de un sumario o proceso punitivo en el que se le acusa de ser un delincuente y, obviamente, más traumático es el caso cuando la acusación es temeraria, claramente infundada, manifiestamente falsa. Producto de la interacción social, a diario, nadie escapa de ser victimizado por calumniadores e injuriadores profesionales, de esos que profieren o espetan todo tipo de improperios, a granel, en contra de hombres y mujeres buenos; con facilidad ensucian y enlodan la dignidad de semejantes que no hacen otra cosa que llevar una vida digna de trabajo, de constante estudio, de superación personal.

Gente que sirve a Dios, a la familia, a la patria, a la sociedad. Existe un facilismo perverso para enlodar honras y buen nombre de seres luchadores, forjadores de hogares ejemplares, de haber construido, como afanosos arquitectos o ingenieros, obras tangibles y palpables en el plano de la realidad social.

No es posible que en esa horripilante ola de infundios se matriculen medios de comunicación, de toda clase, que arropados tras la excusa o argumento de que lo hacen bajo el manto sagrado del derecho de la información, sueltan cosas, llamadas “bolas” o publicitan hechos falsarios y cuyo único propósito no es otro que la indisposición, o, simplemente, el dejar a alguien “mal parado en la opinión popular”, “destruirlo”.

Se requiere, sin duda, mesurar el discurso, sobre todo el político. Panamá es un país tan pequeño que, al poco movimiento que hagamos, al mínimo desplazamiento nuestro, casi nos estamos friccionando, entre nosotros mismos, nuestras propias espaldas y, no nos sorprenderá, que, a la vuelta de la esquina, siempre tenemos que vernos, todos, cara a cara, a los ojos. Qué vergüenza deberá sentir aquél que, en algún momento cayó en la habladuría, en el mal hablar, en el bochinche, o en la comidilla de pasillo, y que con tales actos, haya afectado lo que sin duda deviene en el más valioso patrimonio de todo ser humano: su propia dignidad, su propia autoestima.

No podemos, concluyendo, caer en la ola de la indisposición por la indisposición. Ojo, cuidado, porque al final de cuentas lo que estamos construyendo es un gran caldo de cultivo para que en este país, nuestra amada Panamá, germine y crezca el odio, la violencia, y que la venganza privada venga a sustituir a los procesos judiciales y, cuando no, en lugar de una democracia segura y sana, terminemos en la anarquía nunca vista.

No me gusta lo que está aconteciendo en mi país. Veo mucha mala gente que no quiere realmente al país. Hay malos sentimientos en muchos que se llaman interlocutores y generadores de opinión. De parte y parte. La carrera por ganar el poder está dejando a un lado lo que debe ser el norte: valores y principios, mentalidad de estadista en cada candidato, bienestar común, progreso y desarrollo sostenible, pensar en los pobres, en los campesinos, en las grandes mayorías marginadas y, en lugar de ello, el mal hablar y la mentira parece haberse apoderado y ser la tónica de una malsana pasión: ¡Tan solo llegar al poder para servirse del poder!

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Viernes 7 de agosto de 2026