Adviento
Hace unos días me solicitaron bendecir unos nuevos nacimientos cuidadosamente diseñados fuera de Panamá y eso que aún no ha comenzado la Navidad, pero es alentadora la iniciativa ya que subyace el deseo de celebrar la Navidad, como debe ser y no las “felices fiestas” como los postmodernos están tratando de imponer en el lenguaje de la época.
En ese ambiente y a esa gente, nuestra gente, se les bendice la Corona de Adviento en sus cuatro domingos.
Con el Adviento comenzamos el nuevo Año Litúrgico,el nuevo año para los que pertenecen a la Iglesia Católica. Es el momento clave para prepararnos para recibir en nuestro corazón a Jesús, nuestro Salvador.
Como cristianos y discípulos de Jesús estamos llamados a preparar el nacimiento de Jesús de una manera diversa a la que impone la sociedad de consumo. Adviento es tiempo de penitencia y de conversión.
Los cristianos estamos invitados a esperar con atención y vigilancia la venida del Señor. Por eso la principal recomendación que nos hace Jesús en el evangelio es permanecer despiertos en la fe con mucha responsabilidad personal y comunitaria. No podemos esperar con los brazos cruzados, nuestra esperanza debe ser activa y dinámica.
Esperar al Señor implica transformar la existencia, significa ponernos en marcha, caminar a la luz del Señor como lo relata el profeta Isaías, es propiciar nuevas situaciones de progreso y superación.
Adviento es aprender a esperar, es aprender a permanecer en el presente, sabiendo que únicamente el presente bien vivido puede llevarnos a la plenitud de la vida.
En la sociedad contemporánea lo que cuenta es lo que podemos conseguir y tener. En lugar de oír la voz de Dios en los vientos de cambio que nos rodean, podemos escuchar únicamente nuestra propia voz.
Durante el Adviento estamos en un momento decisivo para no dejaros arrastrar avasallados por la feria de consumismo que es el criterio rampante para ver si uno está en algo o no.
Claro que hay tener gestos de solidaridad con reuniones y regalos sencillos y muestras de cariño, pero no hasta el extremo de que lleguemos de aquel que tenía tantos ahijados comprándoles regalos que decía tengo miedo de meter la mano en el bolsillo ya que me puede picar un alacrán.
