Afganistán: una guerra apocalíptica
Uno de los pocos oficiales que fueron dados de baja por negarse a cumplir órdenes ilegales contrarias a la constitución y a las leyes militares durante la llamada Guerra Sucia en Argentina, declaró que en esta nueva modalidad de combate, contra grupos civiles subversivos, había que conocer muy bien la doctrina, la estrategia y las tácticas del enemigo, pero más que nada, las fuerzas armadas debían conocer y respetar sus propias limitaciones constitucionales y éticas al momento de combatirlos.
Las bandas terroristas persiguen un fin psicológico distinto al de ganar batallas y desfilar por la victoria. Su objetivo es combatir sembrando el terror, es decir, producir un miedo incontrolable que paralice o impida el desenvolvimiento normal de la población y termine destruyendo el sistema de vida del enemigo.
El gobierno republicano de Bush-Cheney cayó en la misma trampa en la que cayeron los gobiernos militares de América del Sur en los 70. Para combatir a la banda terrorista de Al Qaeda, desparramada por distintos países -menos en Irak, antes del 9/11- se solicitó, mintiendo al Congreso, autoridad como en tiempo de guerra. Desde entonces las violaciones a los derechos civiles de ciudadanos y funcionarios estadounidenses (caso Plame), así como de los detenidos ilegales de Guantánamo, los torturados de Abu Graib, los vuelos secretos de la CIA y el bombardeo indiscriminado de aviones guiados por control remoto, se llevaron a cabo con solo bajar el pulgar, pero no ha logrado más que perpetuar y profundizar un desprestigio sin parangones desde la derrota en Vietnam.
Ahora se ha presentado un dilema difícil de resolver. Barak Obama enfrenta graves problemas institucionales y económicos heredados de una larga y costosísima guerra no declarada a ningún país, sino a un “enemigo fantasma” ubicado dentro de un limbo legal para el cual se ha inventado un nuevo sistema jurídico -escrito en “guantanamero”- de guerras, ataques o golpes preventivos. Precedente funesto para las débiles democracias latinoamericanas siempre acosadas por el militarismo autoritario unido a las elites dominantes.
Esta Guerra Fantasma no está regida por las leyes convencionales de la guerra. Se trata de la persecución policial de fanáticos religiosos violentos, distribuidos en un campo de batalla sin fronteras, con un ejército no apto para ello. El profesor Feldman de Harvard, critica la estrategia legal empleada: “Si nosotros decimos que estamos en guerra contra usted, entonces tenemos derecho a detenerlo y también a matarlo (sin rendir cuentas)”. Mientras tanto el jefe de las fuerzas militares en Afganistán, el general McChrystal, humilla al Presidente, insulta al Vicepresidente y trata de payaso a un prestigioso ex general consejero. Esto sucede en el país que dice ser el líder del mundo libre y que sostiene a un gobierno afgano dominado por jefes tribales que cultivan y exportan el papaver somniferum (opio).
Decida usted estimado lector, quién cree que está ganando esta guerra psicológica donde reina la paranoia, el miedo, el caos económico-político- militar y donde la inmensa mayoría de muertos, son civiles inocentes que el cinismo bélico cataloga como “daño colateral”.
