Aires turbulentos
Esta semana los puñales se han intensificado y abierto heridas en todas las direcciones. La hemorragia se extiende y, lejos de cicatrizar, los cortes son cada vez más profundos.
Lo cierto es que ronda un aire enrarecido, soplidos de queja triste, fantasmales y hasta tenebrosos, como las ráfagas de aquellos bosques encantados en los que todas las ramas esconden algún peligro.
Lo que está acaeciendo en la cúpula política, comienza a tomar ribetes de escándalo. Por una parte, se nos quiere convencer de que todo está mal, casi sumidos en un caos, con una gobernabilidad tambaleante. En la otra vereda, lo que conlleva la palabra poder parece cobrar más fuerza, como un huracán imparable; donde si alguien interfiere, se patea la mesa.
Durante el Renacimiento, el poder romano lideró batallas, hizo alianza con otras potencias y buscó expandir sus redes de influencia por medios tan dispares como el arte y las intrigas. César Borgia, el político por excelencia para Machiavello, se desarrolló en el seno de sus palacios para nada angelicales.
Nos hemos ido sumergiendo en una trampa, cayendo en ella y casi sin darnos cuenta, cuando los problemas reales del país son otros. Los boicoteadores –así los tildan– tienen convencida a media patria de que aquí estamos con el fango al cuello, cuando ellos también echan más lodo, salpicando mugre hasta aquellas bochornosas cuñas, cuyo epítome es un italiano casi sacado de una novela mafiosa de Mario Puzo. La credibilidad está manchada… son pocos los críticos que miran el escenario sin prejuicios o conveniencias.
Panamá lo tiene todo para dar un salto regional. Su economía, inversiones y creciente prestigio internacional lo avala. Incluso las calificadoras. Pero con lo vivido en estos días, la brisa de la duda sopla fuerte. Y la llaga de la estabilidad arroja pus.
En este caso, resulta evidente que las protestas que se pueden tomar en serio son las que vienen de los que intentan hacer algo y no la de quienes se lamentan antes de intentarlo.
