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Al pie de la cruz ¡Qué mujer!

Por: Redacción 26/03/2016

Eran las tres de la tarde y el último suspiro de Jesús se escuchó como el murmullo de miles de hojas de árboles de otoño, cuando vuelan sueltas por los aires y caen en tierra hasta quedar inmóviles. Y se oyó al redentor cuando sollozando, con voz apagada y entrecortada dijo: "Todo se ha cumplido"?."En tus manos encomiendo mi espíritu". Y expiró.

Tembló la tierra, el sol enmudeció, se partió en dos el velo del templo y la gente asustada y arrepentida se volvió a sus casas dándose golpes de pecho. "Hemos matado al inocente", decían. El centurión romano exclamó: "Este sí que era hijo de Dios" y mandó que le clavaran una lanza para asegurarse que había muerto. Y al hacerlo brotaron como de un manantial que se seca, delicadas gotas de oro y plata, sangre y agua, lo último del recipiente humano y divino del corazón de Jesús. Lo dio todo, hasta lo último de su ser. Se había muerto el Salvador.

Surgía como contraste del rojo sangre de las múltiples heridas del cuerpo de Cristo, la figura blanca, fina, noble, de una mujer moldeada en el bronce del dolor y el sacrificio, triste con el corazón atravesado por la espada del infortunio, en medio de la oscuridad, besando los pies ensangrentados del cadáver de su hijo, mirando hacia arriba, contemplando el cuerpo inerte del cordero llevado al matadero.

Es María, la madre de Jesús, que sin pronunciar palabra y con sus lagrimas como perlas corriendo por su rostro, está allí firme, valiente, ella la dolorosa junto a la cruz, contemplando la muerte de la fuente de la vida, viendo como rompen en pedazos el frasco de alabastro, al inmaculado, al puro, a base de zarpazos de las tinieblas; calumnias, insultos, traiciones, abandono, latigazos, empujones y salivazos, clavos en manos y pies, todo un infernal huracán que azotó la belleza y la verdad, la pureza y el amor, la alegría y la bondad del Señor, hasta engullirlo y hacerlo miseria.

Esto hizo que el frasco de perfume se derramara todo él, dejando tierra y cielo sabrosamente oloroso con el aroma del amor que no muere, del que es generoso y majestuoso, siempre fiel y misericordioso, extendiéndose su fragancia por los soles y universos, haciendo que las plantas y las flores, la fragancia por los soles y universos, haciendo que las plantas y las flores, las montañas y los ríos, los animales y los hombres de todos los tiempos y lugares respiraran el olor de Dios en medio de los muladares, los basureros del pecado con su pestilencia de podredumbre. Algo grande, nuevo, poderoso, hermoso y grandioso ha nacido con la muerte de Jesús.

Al pie de la cruz está la mujer de la corona de doce estrellas, con la luna bajo sus pies, rodeada de ángeles que consuelan su dolor con sus rezos al Altísimo y que lloran al contemplar la tragedia de repercusión cósmica, el más grande crimen de todos los tiempos, la muerte por asesinato del Redentor, del Enviado del Padre, del que pasó su vida entera haciendo el bien. Frente al madero está la mujer preservada de todo pecado, que aceptó la voluntad de Dios de ser madre del Señor, pronunciando un "sí" valiente, confiando totalmente en la Providencia Divina y que al decir "hágase en mí según tu Palabra" el Verbo se hizo carne en ella y que al igual que ayer hoy acepta la voluntad del Padre que entregó a su Hijo por la salvación de todo el mundo y que de dolor en el calvario muere sin haberse muerto.

Ya descienden el cuerpo del Cordero degollado, del mártir del Gólgota, y lo depositan en los brazos de su Madre, y que al igual que hace 33 años lo abraza, lo acurruca y lo mece, esta vez llorando y clamando al cielo que alivie su dolor tan agudo, profundo y certero.

¡Han matado a mi hijo! Besa la frente y mejillas de su Jesús amado, y su rostro y manos, manto y túnica quedan impregnados de la sangre bendita, salvadora de Cristo y se funden en un solo abrazo, el cuerpo virginal, frágil y santo de la Virgen, arrodillado en la tierra y el cuerpo muerto, lleno de llagas y golpes del hijo amado.

Qué soledad tan espantosa la que experimentó María, los tres días del Cristo muerto en el vientre de la tierra y solo la consuela la fe de que su hijo será resucitado, y esa mujer campesina y sencilla, santa y obediente al Padre, fuerte, serena, nunca se dejó vencer por la desesperación y creyó que su hijo vencería a la muerte y con él también nosotros, con quien somos invencibles. Amén.

Monseñor

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