Al querido viejo...
Dicen que la juventud todo lo puede o, como afirmaba sin habitual anestesia el artista Salvador Dalí: “La mayor desgracia de la juventud actual es ya no pertenecer a ella”.
Eso porque para una persona joven es difícil comprender la lentitud de una persona vieja, o fácil, si se trata de alguien demasiado joven, tan novel en sus pasos que encuentra respuesta para todas las cosas.
Los viejos, es cierto, andan lento porque están agobiados y porque sus músculos y huesos ya no son fuertes como antes, pero también es verdad que avanzan así porque están cansados de tanto andar y de recorrer.
La poca fuerza que les queda, los viejos saben cuidarla: ya vivieron esos años en que la desparramaron sin mayores cálculos. Envejecer, para el cineasta sueco Ingmar Bergman, es como escalar una gran montaña: mientras se sube a la cumbre, las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y la sonrisa serena. Aunque claro, la respiración se entrecorta, el pulso se acelera y las palpitaciones fluctúan en un cansino ritmo de marcha...
Así, reposan. Entonces, una siesta puede llevarlos a revivir sin prisa lo que esos arrogantes jóvenes todavía ni siquiera sospechan. No hay de otra: la actitud es ley para todo hijo.
El dramaturgo Oscar Wilde sentenció con cierto dejo a sarcasmo que mientras los jóvenes creen saberlo todo, los adultos todo lo sospechan y, los viejos, lo creen todo.
Y sucede que en aquellos veteranos que han sabido envejecer, es probable que hayan cambiado el juicio por la comprensión, las sentencias por nuevas preguntas, la pasión por cierta tranquilidad y esa hoy admirada velocidad por reflexiones sensatas. Para Rubén Blades, la mirada de un viejo ejemplifica el significado de la palabra patria.
Pues bien, solo un mundo (o país) enfermo, atontado y superficial puede dejar de prestarles atención a los padres y también a sus padres.
