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¡Alto, es el único camino!


Rómulo Emiliani. cmf. (opinion@epasa.com) / Monseñor.

Hay que meterse dentro de uno mismo, refugiarse como en un castillo y concentrarse en el silencio y en la soledad, y desde ahí contemplar la presencia de Dios que está en ti, siempre, en todo momento. Este es el camino de la cordura, del equilibrio y la serenidad; es el camino del reencuentro contigo mismo, donde reposas en el núcleo vital de tu ser que es Dios mismo. San León Magno declara: “Si somos templos de Dios y el Espíritu de Dios habita en nosotros, es mucho más lo que cada fiel lleva en su interior que todas las maravillas que contemplamos en el cielo”. Tú tienes que fabricar tu “monasterio interior” donde estás contigo mismo y con Dios que está en ti. Allí está tu oasis en medio del desierto, tu refugio en medio de esta selva de depredadores de la armonía interior.

Si quieres ser feliz, debes apartarte del ruido del mundo, de las miles de distracciones que compiten para ver cuál te saca de ti y te mantiene como una marioneta al vaivén de los caprichos de una cultura materialista y consumista. Juan de la Cruz dice: “Gózate con Él en tu recogimiento interior. Alégrate con Él, ya que le tienes tan cerca. Deséale ahí; adórale ahí; no vayas a buscarle fuera de ti porque te distraerás y te cansarás y no le hallarás; no le podrás gozar con más certeza, ni con más rapidez ni más cerca que dentro de ti”.

El gran drama es que vivimos “salidos de nosotros mismos”, como quien tiene la ventana de su casa siempre abierta y asomado día y noche, se la pasa viendo cómo se comportan fuera, olvidando su vida de hogar. La curiosidad nuestra se alimenta compulsivamente de lo exterior, averiguando, comentando, imaginando lo que pasa alrededor, cultivando muchas veces el morbo. Eso hace que uno conozca tanto de fuera y tan poco de uno mismo, de su mundo interior, de sus ideas, sentimientos, ilusiones, miedos, aspiraciones, deseos, al extremo de convertirse en un extraño para sí mismo, casi un desconocido. Esta disipación es la que nos arruina el alma.

Nuestra mente en verdad exige quietud, sosiego. Nuestra alma busca al recogimiento y la paz interior. Nosotros lo impedimos. En verdad, nuestra alma ansía estar cerca de Dios. Por no hacerlo andamos frustrados, tristes, vacíos. Santa Teresa de Jesús manifiesta: “Pues miren lo que dice S. Agustín; le buscaba en muchas partes y le vino a hallar dentro de sí mismo. Crean que importa mucho para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha de menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo; y para gozarse con Él, no ha menester hablar a gritos, ya que por bajito que se hable nos oirá, ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen Huésped; sino con gran humildad hablarle como a Padre, pedirle como a Padre y contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija”.

Es de extremada urgencia recogernos, si queremos ser personas plenas, cuerdas, auténticas, espirituales y humanas. Recogernos es ponernos en soledad, concentrar las potencias del alma y los sentidos en sí mismo, organizando la mirada interior para ponerla en Dios, que está en uno mismo.

Esto implica aceptar “estar solos” en algunos momentos del día; aprender a ir de “fuera adentro”, a habitar consigo mismo y vencer el miedo a no encontrar nada cuando realmente ahí está Dios; miedo a vivir de esa oscura presencia de la inhabitación de Dios, de toda la Santísima Trinidad dentro del alma, que es miedo a vivir solo de la fe; miedo a salir del mundo exterior y de su “fascinación” y quedar vacío, cuando es al contrario: si vivo fuera de mí, es cuando estoy “hueco por dentro” y embriagado de superficialidad.

Hay que descender de la cabeza al corazón, descubrir la propia pobreza y derramar el corazón en la presencia de Dios. El asunto consiste en avivar la conciencia de estar en Dios y con Dios. Todo esto es posible con Él, quien está en ti y con quien somos invencibles.

Monseñor.

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Viernes 14 de agosto de 2026