Alto a la violencia
En cualquier esquina puede ocurrir un asesinato. Sin mediar palabras, los sicarios, cada vez más jóvenes, abren fuego contra sus víctimas sin importar si hay personas inocentes a su alrededor.
Los casos de sicariato siguen en aumento y ni siquiera el interior del país se salva de esa ola criminal.
Aunque el narcotráfico es el común denominador en los distintos asesinatos, es un hecho que también mueren por accidente personas trabajadoras y honestas.
La proliferación de armas de fuego en las calles es quizás uno de los principales problemas que existen en los barrios considerados de alta peligrosidad.
Los menores de edad que pertenecen a pandillas pueden conseguir de manera muy fácil cualquier arma de fuego.
Los “gatilleros” de las pandillas son jóvenes con amplio historial delincuencial, por lo que están acostumbrados a entrar y salir de prisión.
La mayoría de los programas de resocialización han fracasado, y otros, los que quedan, están a punto desaparecer.
En repetidas ocasiones se ha dejado sentado que las organizaciones criminales se aprovechan de las debilidades del sistema actual para cometer sus delitos.
En los barrios peligrosos donde operan diferentes pandillas o bandas, se tienen plenamente identificados a los cabecillas de las mismas. Los ciudadanos prefieren, en muchas ocasiones, no hablar sobre la venta de droga y las balaceras que se reportan por temor a represalias.
Lo cierto es que las autoridades deben adoptar políticas más estrictas para evitar que muchos de los menores infractores caminen libremente por las calles.
La inseguridad es un factor que afecta el desarrollo y limita nuevas inversiones en el país. Es un asunto delicado.