‘Ama y haz lo que quieras’
“Este breve mandato se te ha dado de una vez para siempre: ama y haz lo que quieras. Si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón: de esta raíz solamente puede salir lo que es bueno” (San Agustín). El amor es la tendencia del ser humano hacia el bien. Se ama siempre el bien, y si se ama un mal es porque se presenta falsamente como bien. La bondad que está en el objeto amado es la que me determina amarlo y esto implica una iluminación espiritual. Por lo tanto, no es el gusto o el deleite lo que debe regir mi conducta, y de ahí vienen los errores, sino el bien en sí mismo, sea Dios, los seres humanos y causas nobles. Y el amor, mientras más puro sea, será más desinteresado. Una madre ama a su hijo porque ella quiere “que él sea pleno”, sin importar los sacrificios que haya que hacer. El amor es distintivo del ser humano, porque fuimos hechos a imagen de Dios, y Dios es amor. Y el que hace todo por amor no falla.
El amor te transforma en lo amado. Si amas a Dios, te irás divinizando, ya que te vas haciendo uno con Él. Y como consecuencia, si amas a los seres humanos, a los más cercanos y en cuanto puedas, a todos los que sufren, lloran y están marginados, ese amor compasivo te irá humanizando. Pero si amas lo vil y caduco, lo que esclaviza, el dinero, el poder y el placer, te irás metalizando, materializando y bestializando. El objeto de tu amor te transforma en eso que amas. Por eso hay personas con un “corazón de piedra”, insensibles, incapaces de sufrir por nadie, ya que se han “hecho uno” con lo que aman: duros e impenetrables como el becerro de oro, volátiles y superficiales como la fama e instintivos como la sensualidad. Y este falso amor va deteriorando a la persona, deshumanizándola y pervirtiéndola. Mientras se ame, más sale uno de sí, se olvida de su “ego”, se hace libre y más feliz, porque “el amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí.
Su mérito y su premio se identifican con él mismo, su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo para amar” (San Bernardo). El que ama goza porque ama y mientras más noble y puro sea su amor, más experimenta “un placer sublime”, que no tiene comparación con ninguno de los placeres del mundo, que siempre son finitos, pasajeros e inconsistentes. “El amor conduce a la felicidad. Solo a los que lo tienen se les ofrece la bienaventuranza eterna. Y sin él, todo lo demás resulta insuficiente… el amor produce en el hombre la perfecta alegría; solo disfruta de veras el que vive en el amor” (Santo Tomás).
El amor trae más amor. Mientras más ames, más recibirás del cielo amor. San Juan de la Cruz dice: “La paga del amor es recibir más amor hasta llegar al colmo del amor. El amor solo con amor se paga”. En esta “economía divina”, mientras más inviertas tu capital de amor, más amor recibirás. No se agota esa fuente porque está conectada en Dios que es amor. Y el amor es más grande mientras más duela, es decir, mientras más oblativo sea. Todo auténtico amor lleva al sacrificio y entrega total por lo que uno ama. Y esa es una prueba clara de que se ama. Pero es tal el goce que se experimenta dándose, ya que hay un sentido profundo en la entrega, que eso mismo te permite aguantar el dolor de la entrega. Por algo se llama al Espíritu Santo el Consolador, ya que en los momentos más duros aparece manifestándose con una fortaleza y consuelo tal, que te permite continuar entregándote.
San Pablo lo dice bien: “El que ama sabe soportar, es bondadoso y no tiene envidia. No es presumido ni orgulloso, grosero ni egoísta; no se enoja ni guarda rencor; no se alegra de las injusticias, sino de la verdad. El que ama lo sufre todo, lo cree todo, lo espera todo, lo soporta todo. El amor jamás dejará de existir” (1 Co 13, 4-8). Jesucristo lo hizo y lo dio todo por amor y su entrega llegó al extremo de dar la vida en una cruz para beneficio totalmente nuestro: salvarnos.
Él es nuestro ejemplo máximo. Solo con Él podemos amar como debe ser, totalmente, ya que con Él somos invencibles.