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Ambiente, agricultura y tecnología

Por: Redacción 05/11/2014

Uno de los grandes problemas que la humanidad debe resolver en el plano de la producción agropecuaria y, por tanto, de la sostenibilidad de su alimentación se relaciona con su interrelación dinámica con el ambiente. El problema radica en que el paradigma tecnológico del régimen alimentario globalizado de las grandes corporaciones, que corresponde a la intensificación agrícola caracterizada por el monocultivo, la mecanización, el uso intensivo de insumos químicos, el derroche del agua, sostenido en la idea de una abundancia perdurable de la energía fósil, la presencia de fuentes inagotables de agua, así como del supuesto de que el clima no cambiaría, hoy muestra claros signos de agotamiento.

Entre los efectos de dicho régimen alimentario y sus formas tecnológicas se puede mencionar, para comenzar, su tendencia a la erosión y desertificación de los suelos, que genera que cada año se pierdan en el mundo cerca de 1.5 millones de hectáreas. Así mismo, se trata de un modelo que impulsa importantes procesos de deforestación. De acuerdo con la información disponible, se deforestan cerca de 14 millones de hectáreas por año, siendo la actividad agrícola la responsable de entre el 80% y 85% de estos procesos. A esto se debe agregar que la actividad agrícola utiliza cerca del 70% del agua dulce disponible, que se realiza en una forma no sostenible, que lleva a que la extracción de la misma supere cada año en 160,000 millones de metros cúbicos a la capacidad de alimentación natural de los acuíferos.

Desde la perspectiva de la contaminación, se puede señalar que la tecnología de la mal llamada revolución verde genera importantes procesos de contaminación de las tierras y las aguas, por el uso de fertilizantes y plaguicidas químicos industriales que provocan, entre otras cosas, el fenómeno de la eutrofización y la consecuente aparición de las llamadas zonas muertas en el mar. También se debe tener en cuenta, dada la importancia de los fenómenos vinculados con el calentamiento global, que la agricultura industrial contribuye con entre el 25% y el 30% de las emisiones de gases invernadero a nivel global.

A todo esto se debe agregar que los monocultivos genéticamente homogéneos ya cubren el 80% de la tierra cultivable del planeta, lo que afecta la biodiversidad necesaria para el buen funcionamiento de la agricultura. Los cultivos transgénicos, por su parte, profundizan esta situación, apuntando hacia un aumento del uso de pesticidas como consecuencia de la evolución acelerada de las “supermalezas” y la aparición de plagas de insectos resistentes.

Aún cuando el valor de la naturaleza sea prácticamente inconmensurable, es decir, imposible de valorar en términos monetarios, los ejercicios de valoración pueden tener un cierto sentido ilustrativo. Es en este sentido que vale la pena destacar que, de acuerdo con investigaciones recientes, el costo anual de las llamadas externalidades ambientales vinculadas con la agricultura tienen un costo anual de entre 1.5 a 2.0 miles de libras esterlina. Por su parte, en Estados Unidos, los costos anuales de este tipo de fenómenos podrían estar alcanzando los 13 mil millones de dólares.

Es importante preguntarse cuál es la causa de que se mantenga, pese a sus resultados, el actual paradigma tecnológico en la agricultura. La respuesta está en la propia lógica del sistema. En efecto, estamos, en primer lugar, frente a un sistema cuya lógica es maximizar sus ganancias y utilizarlas en un proceso interminable de acumulación de capital.

En esta circunstancia, el modelo tecnológico está diseñado para optimizar las ganancias, utilizando de manera gratuita e insostenible los recursos y los sumideros de la naturaleza, sin reconocer absolutamente ningún costo por el efecto destructivo que esto tiene. Es decir que las grandes corporaciones promueven un estilo de agricultura que genera inmensos costos que no son reconocidos por las mimas, de manera que son cargados –externalizados dirían los técnicos– sobre la población. A esto se debe sumar que este estilo de desarrollo genera un enorme mercado para las maquinarias, los insumos contaminantes, las semillas transgénicas y otros insumos y tecnologías no sostenibles producidas y vendidas por las mismas. Se trata, entonces, de una clara contradicción entre un modelo depredador y los intereses de la humanidad.

La salida a todo esto es la construcción de un nuevo paradigma, que tendría como base en la producción local los pequeños productores, la seguridad y soberanía alimentaria, así como la aplicación de los principios de la agroecología. La edificación del mismo pasa, sin embargo, por un profundo cambio productivo, económico, social y político en nuestras sociedades, entendido como parte del proyecto de una nueva civilización sostenible.

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Jueves 6 de agosto de 2026