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Amigos, no; los mejores, sí


El economista de Harvard Jeffrey Sachs señaló recientemente que dentro de las debilidades institucionales de los países subdesarrollados cabe mencionar la escasa competitividad y la floja innovación tecnológica. Estos conceptos están vinculados entre sí y expresan una pregunta que cada vez encuentra menos respuesta: ¿qué hacer con los mejores talentos del país? Si seguimos como hasta ahora, para alivio de algunos, la respuesta se convertirá en abstracta, porque la posibilidad de disponer de los mejores tiende a ser cada vez menor, por intolerancia política, por indiferencia ante lo público y por la abrupta aparición del amiguismo.

Una democracia consolidada por la alternancia no tiene otra alternativa que buscar el concurso de los aptos, aun cuando se separen del pensamiento oficial. Quien fuera Contralor General de la República en la administración Endara, Rubén Darío Carles, fue también ministro de Hacienda con Ernesto de la Guardia, ministro de Agricultura con Marcos Robles y ministro de Comercio con Arnulfo Arias. Y hoy todavía recibe por unanimidad el respeto de amigos y adversarios por haberse ocupado de la cosa pública con honestidad y transparencia. Y así como Chinchorro hay muchos más que están comprometidos con Panamá y pueden considerarse a la hora de gobernar.

El problema es que existe un relajamiento con la cuestión de la idoneidad de quienes ejercen un cargo público y que aquí no se castiga al que propone o designa a una persona que no cumpla con los requisitos legales, ni tampoco al que acepta la designación careciendo de éstos. Se entiende que quien tiene la responsabilidad de nombrar busque a alguien con quien coincida, y en algunas posiciones estatales es hasta imprescindible. A la hora de proponer un ministro de Estado o un magistrado de la Corte Suprema de Justicia es razonable que el presidente de la República desee criterios compartidos, por ejemplo respecto del rol que el Gobierno debe jugar en la vida comunitaria y del espacio de individualidad compatible con las necesidades sociales.

Sin embargo, hay diferencias que conviene no olvidar. Una cosa es cubrir cargos vacantes y otra es generar cargos para poder cubrir vacantes. Una cosa es compartir opiniones sobre filosofía de gobierno y sobre políticas, y otra compartir intereses privados. Una cosa es la previsibilidad y otra la obediencia. De un ministro honesto puede esperarse decisiones honestas, mientras que de un ministro amigo, favores. Nadie lo dijo con tanta claridad como el propio Chinchorro, cuando revisando la lista de los que no pagaban impuestos, decidió enviar los inspectores de Ingresos a todas las empresas, incluyendo a las del propio presidente. Ernestito de la Guardia, que era un hombre intachable, apoyo la gestión de Carles y lo exhortó a que hiciera lo propio. Años más tarde, en medio de la crisis con los “verdes” y charlando con un allegado a Arias Calderón, el mismo Chinchorro señaló que “si lo que quieren los Demócratas Cristianos son privilegios y no un control previo, están en problema porque cuando yo estoy en mi trabajo, me importa nada lo que el señor vice presidente quiera.”

Hay pocas situaciones de la vida en las que un hombre pueda exhibir con tanta nitidez su estirpe moral como cuando se niega a hacer lo indebido. Un contraejemplo de colección lo ofrecería un aspirante a ministro de vivienda que confesara desconcertantemente conocer más bien de medicina o agronomía, y aunque en compensación jurara ponerse a estudiar la nueva especialidad, su meritoria disposición escolar no lo transformaría en más recomendable.

Esta cuestión sobre la idoneidad y el amiguismo involucra de muchos principios y valores éticos, y me trae a la memoria la cajonera frase de que la honestidad de un hombre vale más que todo el oro del mundo.

Empresario.