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Añoranzas por un Panamá ido

Por: Redacción 15/07/2017

Soy de aquellos agraciados que nacimos en una cuna de oro, indistintamente de abolengos o clase social, solamente por las fechas. La generación de los "baby boomers" describe a aquellos que vinimos a este mundo entre 1946 y 1964, una época fértil en la reproducción del "Homo sapiens" y en envidiable crecimiento económico atado a costumbres tradicionales y un entrañable amor por lo nuestro. El martes 16 de septiembre de 1952, la periferia de la ciudad de Panamá me vio brotar a las 4:00 a.m. Mi primera morada fue la habitación #11 de la Clínica San Fernando, allá en Las Sábanas, casi al Finisterre capitalino de la época. Allí, o se llegaba en auto o en chiva, vehículos transformados en madera donde los pasajeros se sentaban frente a frente y el pasaje costaba un real. No recuerdo muy bien, pues todavía no tenía conciencia, pero me cuentan que por la zona trinaban los gallitos más o menos a la hora en que nací. La nación la conformaban un tris más allá de 900 mil almas en una pirámide poblacional conformada por un cuarto menor a los 20 años y 10% mayor de 40. Es decir, chiquillos por doquier y escasos bastones.

¿Tranques? Esa palabra era imaginaria en el vocablo istmeño del siglo XX. Posterior a la cena, la familia salía a pasear en una ciudad arbolada y fresca al final de la tarde con el ensordecedor bullicio de bandadas de pericos, a saborear un 'No me olvides', en La Inmaculada de la avenida Justo Arosemena, un Eskimo Pie en la Central de Lecherías al pie de La Cresta, o un raspado con doble ración de leche condensada a 10 centavos, diagonal al Teatro Lux de Avenida Perú. La incidencia de amplios estacionamientos y escasos autos invitaba también al traslado de mozuelos sobre bicicletas negras Hércules, de origen británico de venta en Omphroy's de Avenida Nacional a 17 dólares.

Los centros comerciales no existían. De rigor para las compras era visitar la Avenida Central, Salsipuedes o Calidonia, donde los comerciantes nos conocían por primer nombre y se percibía la fragancia de los pañuelos de los caballeros, olorosos a colonia Jean-Marie Farina, las guayaberas y las hebillas de oro con las iniciales de su dueño. Escasos eran los teléfonos públicos, los celulares actuaban solamente en los relojes de los pasquines de Dick Tracy. Entonces, había contacto visual obligatorio y el deleite de escuchar una fluida lengua nacional. Trasladarse a provincias era una aventura. Anterior a la inauguración del Puente de las Américas en 1962, por vía ferry o por el puente de Miraflores, que se cerraba al tránsito de buques. La presencia de los gringos en la zona canalera nos enseñó a respetar las leyes, aprender su idioma y a ser más conscientes de nuestra nacionalidad y del paraíso que poseemos.

Los veranos de infancia en la quinta familiar La Garita en Chepo me obligaron, me intimaron a amar y respetar profundamente a la naturaleza, sus tupidos bosques, floridos guayacanes, azuladas mariposas y frondosos ríos. Su única comunicación con la ciudad era a través de la oficina de Telegrafía. Duele hasta lo más íntimo del ser la tosquedad y desdeño de un ofuscado presidente gringo en abandonar el Acuerdo de Cambio Climático de París, ignorando que ello conlleva un planeta demasiado cálido para la sobrevivencia de Trump Tower en Nueva York y del "Homo sapiens" en todo el planeta a finales de siglo. Ha cambiado el mundo más durante mi vida que durante toda la historia. Gozamos de innumerables inventos y versátiles tecnologías. La información está disponible al segundo, donde sea que estemos en el globo terráqueo. Extraño la sonrisa del siglo pasado, la conversación fluida, a la abuela que invita a la familia a la cena de Navidad, exigiendo la entrega de celulares en el recinto de entrada de su casa y que le hagan caso. Extraño el coqueteo y el romanticismo de antes, las buenas costumbres y el buenos días. Añoro lo que éramos, porque ya Panamá no es el mismo. Se ha perdido una esencia importante de mi vida, a Dios gracias ¡permanecen la memoria y el recuerdo!

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