Apagón, tenemos que estar alerta
En esta nuestra progresista ciudad, en donde nos damos tantos lujos, existen tantos hoteles famosos, están ampliando las avenidas, en la que tenemos dos corredores que acortan distancias entre varios puntos de la ciudad; en esta capital que sigue creciendo, y no solo en ella, sino que en toda la República se fue la luz, hubo una pérdida del fluido eléctrico a nivel nacional.
¿Se acabó el mundo? No. Pero el caos que surgió, dados los factores de la hora, los semáforos, la gran cantidad de vehículos, etc., ha dejado muchas tareas por cumplir. No hay efectos sin causa. Por tanto, a buscar la causa o a ver quién se deja convertir en causa. Por ahora se habló de la primera tesis sobre la causa de Llano Sánchez.
A mi juicio, en un editorial de uno de los rotativos matutinos se ofrecieron unas reflexiones que con el permiso de ellos recojo: “Un daño en cables de alta tensión ocurrido en el interior paralizó parte del país, poniendo en evidencia lo vulnerable que es nuestro sistema de transmisión eléctrica”. Pone el dedo en la llaga la vulnerabilidad, cuando después de tantas transacciones millonarias se suponía que estábamos asegurándonos. “Ay, como se ha dicho que el daño fue causado por la quema de unos cañaverales en áreas aledañas a los cables, podría inferirse que alguien no está haciendo su trabajo.” “Hay que buscar un chivo expiatorio, porque a última hora al no poder encontrar de buenas a primeras una explicación, esta resulta la más a la mano en la desesperación del momento. O que el mantenimiento de las instalaciones no se está dando con la rigurosidad requerida, considerando que un apagón conlleva cuantiosas pérdidas para el Panamá productivo”.
Una empresa como la eléctrica se presume que tiene los mejores obreros del país, con una dedicación tal, que el mantenimiento debe ser como el de la administración que existía en las obras del Canal cuando estaba el gobierno americano. En cuanto a las pérdidas, ese capítulo lo considero yo el peor. Todo el mundo perdió. Cuando se pongan a recibir las quejas de la gente que quedó con sus aparatos dañados y se hagan las contabilidades, nos llevaremos las manos a la cabeza, al ver los ceros que siguen a los números. Es evidente que la empresa no tiene un sistema alterno.
Aquí viene lo más importante, lo que sucedió nos demostró esa carencia. No hay un plan B y eso es lo más grave. Y será una de las prioridades en la reconstrucción de todo lo sucedido. Lo que lleva a preguntarse: ¿Qué ocurriría si una interrupción como esta se diera cuando al caos bíblico de las calles sin semáforo hay que sumarle la pesadilla de una línea de metro con miles de pasajeros atrapados en estaciones subterráneas. No es alarmismo, sino una consideración válida y a tiempo para que las autoridades influyan cuando entre la euforia del metro y que jamás suceda, como de hecho ha sucedido en los países que tienen metro o túneles como el del canal de la Mancha.
Son eventos inesperados, que en el caso nuestro no fue ningún terremoto, ni ninguna inundación ni ninguno de los otros azotes que se dan en los países hermanos del Caribe, pero aunque lo nuestro duró pocas horas, fue suficiente para comprobar lo que sucede cuando falta un elemento como la electricidad.
Los testimonios de la gente son cada uno peor que los otros. Como el de la señora que dijo que viajando para Chiriquí no pudo llegar a la terminal, y cuando llegó, se enteró de que en Chiriquí tampoco había luz, y peor, no había agua. Lo único que podemos añadir es que esta pérdida del fluido eléctrico súbita nos sirve para pensar que nada es tan seguro y que tenemos que estar alerta. ¡Que ojalá esto, Dios primero, no se repita!
Las lecturas de los dos primeros domingos de Cuaresma nos presentan a Jesús en el desierto, llevado allí por el poder del Espíritu para ser tentado por Satanás. Es un tiempo para que seamos vistos por lo que somos y lo que pretendemos ser: hijos e hijas de Dios. Es una llamada pública a dar testimonio de nuestra fidelidad como creyentes. Señala la necesidad de la vigilancia, el culto y la confianza incondicional en Dios que debe caracterizar las semanas de Cuaresma.