Apariciones - fantasmas y gobiernos que dan miedo
Cuando los hechos no funcionan dentro de la razón, con el correr del tiempo se convierten en leyenda, como es el caso de la Llorona, la Tulivieja, el de la mujer que salía de un baile con su pareja y que después de dar varias vueltas en el auto, le decía al amigo con voz seca y profunda "déjame en la puerta del cementerio", ¡AGHHHHH?! Y un grito de terror se lograba escuchar por las frías y desoladas calles del barrio de San Francisco, donde quedaba el famoso choliclub y otros populosos centros bailables.
Me han contado el caso de la Kuqui, una tremenda muchachona que le gusta mucho el baile, y solo los que han salido con ella saben que no es ella, sino él? y se guardan el secreto.
Me han hablado también de los duendes de La Chorrera, que salen de entre los arbustos a cualquier hora del día con unas canicas saltarinas a llevarse a los niñitos que no les hacen caso a sus padres y que luego aparecen cuereados y aconductados.
Otro dice que en el viejo Terraplén, un hombre cansado de limpiar y de vender pescado hizo un pacto con el kachudo para tener dinero y vivir bien. El trato fue que cada vez que quisiera billetes, mascaría un chicle y se le aparecerían 100 dólares en cada bolsillo del pantalón. Pasados 20 años vendrían por él, alguien se le acercaría y le diría Kandanga ya vino por ti.
...NUESTROS ABUELOS NOS METÍAN MIEDO CON ESO DEL HOMBRE DEL SACO, QUE SE LLEVABA A LOS NIÑITOS QUE SE PORTABAN MAL, CON ESE CUENTO NOS AQUIETABAN.
¡Bueno, dijo él, en 20 años ya la he gozado bastante! Cogió la cajita de chicle y comenzó a masticar chicle como loco. La gozaba de lo lindo, pero a los seis meses alguien se le acercó y le dijo al oído, "Juan Fish, Kandanga ya vino por ti". ¡Pero, cómo, si apenas han pasado seis meses! Es que para Mr. Kacho seis meses son como 20 años y . . . ¡puf! Cuando preguntan por Juan Fish, la gente dice ¡se lo llevó Kandanga!
Mi 'apá me contó la historia de un joven colombiano que había llegado de las llanuras del Orinoco huyéndole a la vorágine que padecían los caucheros en el Amazonas, para trabajar de lo que fuera en la construcción del Canal. Pronto, pronto se superó entre sus compañeros y como era ahorrativo, comenzó a prestar dinero y a hacer buen billete, también comenzó a comprar oro y sacarle provecho, pero dicen que con lo que se hizo rico de verdad fue con la marihuana que les vendía a los gringos. Lo cierto es que amasó una fortuna, pero se enamoró perdidamente de una zambita que lo dejó tan pelado que perdió hasta el modo de andar? y después, viejo y alcoholizado no le quedó de otra que conseguirse un saco y pepenar por todo El Chorrillo y meter en el bolsón todo lo que le pareciera de valor para sobrevivir. Luego, nuestros abuelos nos metían miedo con eso del Hombre del Saco, que se llevaba a los niñitos que se portaban mal, con ese cuento nos aquietaban.
En un tiempo se mencionó mucho al hombre del petate, a Ricardón, al hombre de la camisa mambo; relatos periodísticos que mantenían a los lectores en un estado de alerta frente a la siguiente novedad. Los personajes se dice que eran encarnación de uno de los genios de nuestro periodismo criollo y pueblerino don Escolástico (Fulele) Calvo, que lograba con ese estilo aumentar grandemente las ventas y la circulación de los periódicos que comandaba.
¡Oh, aquellos tiempos del periodismo! Algunas veces brillaba con el morbo popular y otras veces era tan incisivo que las balas y puñetazos se hicieron sentir, de ello se recuerdan dos casos muy famosos, el del diputado Aquilino Boyd y el de Roberto Tito Arias, a quien una bala le hirió la columna vertebral.
Ese periodismo negro y borrascoso ha seguido alimentando las páginas de periódicos y de los espacios televisivos sin temor a que esas ofensas hagan que la historia del ojo por ojo y del diente por diente se repita.
En el gobierno de Ricardo Martinelli se decía que vivíamos de sobresalto en sobresalto, pero en este gobierno se vive con mucho temor, pocos se atreven a asomar su cabeza por la ventana ni mucho menos pasar por el edificio Avesa, por el miedo a que se los lleven. Por suerte, todo es y somos pasajeros, pero en el presente Día de las Brujas, aunque se disfracen de ángeles, ¡asustan!
Periodista