Apertura a las vías de la justicia
La exploración es innata en el ser humano. Vivimos entre la creencia y la increencia, entre la contradicción y la búsqueda, entre la mística del gran sacrificio del Calvario y la victoria de la Resurrección del Crucificado, entre el ser y el no ser, entre el instante preciso y la preciosa eternidad. En cualquier caso, el mundo necesita con urgencia abrir las vías de la justicia y para ello, sus moradores han de ponerse al servicio incondicional de unos y otros, sin que nadie quede excluido ni como vencido ni como vencedor. La cuestión es fraternizarse para renacer.
Tantas veces hemos fracasado en conciliar la ecuanimidad con la autonomía de la persona, que en el planeta se acrecientan las mayores desigualdades. Muchas naciones viven hoy en día la peor crisis humanitaria de nuestro tiempo. El peso de la desesperación que sufren vidas humanas es tan cruel e inhumano que debiera hacernos reflexionar.
Donde no hay solidaridad no puede haber justicia. Hemos llegado a unos extremos de ingratitud sin precedentes. Deberíamos dejarnos cautivar por el sosiego para crecer en pensamiento. Ha llegado el momento de respetar las conciencias de cada uno y de activar las energías suficientes para procurar el bien colectivo.
Todos necesitamos, en algún momento de nuestra existencia, alguna ayuda. Lo fundamental es socorrer, madurar y crecer feliz, por muy adversas que nos parezcan las circunstancias.
Dejemos que la fuerza del amor encarrile nuestras vidas. A propósito, decía san Agustín que quien toma bienes de los pobres es un asesino de la caridad y que quien a ellos ayuda es un virtuoso de la justicia. Buen recordatorio para un tiempo repleto de hipocresías. Si ese Cristo, en procesión por el mundo, es nuestro modelo, instemos por medio de Él la paz para el mundo entero. Pero claro, esa concordia alberga en su interior la construcción de una sociedad equitativa. El ser humano, armonizado con su mismo linaje, siente esa llamada de auxilio como algo natural y no ve en su misma especie a un contrincante o un enemigo. Esta es la gran asignatura pendiente. Volvernos familia para todos gozar de igual e invisible dignidad. Teniendo presente todo esto, es fácil entender que la fraternidad no requiere de justicia, porque ella misma es un acto justo y, por consiguiente, un cauce para la paz, sustentado por el amor.