Apocalipsis social en Panamá
Los sectores obreros del país, que forman parte de las grandes mayorías nacionales, junto a los campesinos, comunidades indígenas, profesionales, estudiantes, etc., todos, sin excepción alguna, estamos esperanzados a que se mejoren las condiciones de trabajo y de vida. Por condiciones de trabajo, amén de las apropiadas para realizar las labores, básicamente, entiéndanse las mejoras que deben producirse en la línea de un incremento sustancial de los salarios o sueldos.
AHORA LO QUE SUCEDE ES QUE LOS MICRO, PEQUEÑOS, MEDIANOS Y GRANDES EMPRESARIOS NO HACEN OTRA COSA QUE INCREMENTAR EL COSTO O PRECIO DE OTROS ARTÍCULOS, Y LOS CENTAVOS O REALES DE GANANCIA DEJADOS DE PERCIBIR EN LOS PRODUCTOS CONTROLADOS AHORA SE COBRAN EN LOS NO CONTROLADOS.
Que los alimentos de la canasta básica sean asequibles para todos esos sectores es cuestión que merece preocupaciones para nunca abandonar. Al parecer siempre reina la especulación perversa del empresario injusto. Pero aún así, habría que profundizar el análisis por cuanto ellos mismos dicen ser estrangulados por el incremento en los aranceles de las importaciones, y los comerciantes locales se quejan de una ausencia o casi nulo estímulo a la inversión y a la producción. Aunque las notas comunes en la generalizada queja no son otras que el acelerado aumento en el precio del barril de crudo de petróleo y el alto costo de la energía eléctrica en Panamá.
La cuestión pareciera no tener respuesta, si consideramos que los mercados internacionales, los efectos del comercio producto de la globalización –todo lo exótico es caro-, las tasas de intereses bancarios estáticas en cuanto a depósitos, pero no en cuanto a préstamos, para los particulares que se ven agraviados con altos intereses por préstamos hipotecarios o personales; el desplazamiento constante de grandes bolsones de inmigrantes –competidores con la mano de obra local- en nuestro suelo y, en otras latitudes, que se movilizan buscando mejores condiciones de trabajo, de vida, de desarrollo y progreso individual, son apenas los factores más importantes que inciden, negativamente, en las iniciativas gubernamentales para enfrentar el alto costo de la vida.
Algunos analistas han sugerido, ante este marasmo apocalíptico, la necesidad de que en lo que toca a la responsabilidad alimentaria, que nos corresponde a todos, pero más a los que producen alimentos, que retornemos a la tierra, bajo la fórmula: sembremos lo que consumimos. Pero aún allí, la cuestión también se torna difícil. Los agricultores también se quejan del poco estímulo al sector agrícola por parte de los agentes gubernamentales y cuando no, en la dificultad que tienen para el mercadeo de sus productos a precios justos y conforme al grado de sus inversiones. La principal queja es que son víctimas de los mediadores en esta cadena de producción y consumo. La censura por ellos emitida es clara: todo el dinero se lo llevan los supermercados, que pagan tardíamente, aun después de vender el producto. Pero, por otra parte, no todo acaba allí, sino que es el pueblo quien al final de cuentas, como siempre, termina pagando los platos rotos y a él todo se le grava, todo se le incrementa.
Que si ciertos huevos, ciertas clases de carnes, tunas, arroces, etc., tienen precios controlados... bueno, ahora lo que sucede es que los micro, pequeños, medianos y grandes empresarios no hacen otra cosa que incrementar el costo o precio de otros artículos, y los centavos o reales de ganancia dejados de percibir en los productos controlados ahora se cobran en los no controlados. Y el pueblo sufre este ahorcamiento constante e inflexible de inmisericordes actuaciones venales de parte de injustos mercenarios del comercio.
Para ser más claros, seamos sinceros: hay gente en este país que no compra esos productos “controlados” en sus precios. Ni siquiera les preocupa el tema de la canasta básica. Hay mucha gente que tiene acceso a los mejores productos, ellos siempre van en búsqueda de lo mejor, generalmente del exótico producto que es importado. Panamá ha sido tierra invadida por un bolsón de extranjeros. Los de los países vecinos o cercanos al nuestro no vienen a invertir, sino a ver qué les da o encuentran en nuestro suelo. Pero lo que nos llegan de otras latitudes, que vienen con recursos al país, viven y quieren vivir en igual o mejor nivel de vida que el que tenían en sus países de origen. Han llenado específicos sectores de nuestro país, por ejemplo, Costa del Este, Punta Pacífica, etc. Nadie puede negar que Costa el Este, por ejemplo, es una auténtica ciudad emergente para ricos, no para pobres.
Este es un panorama al que el Gobierno Nacional tiene que dispensar algún tipo de atención, porque la brecha que distingue a dos tipos de pobladores de esta nación se viene, desde lustros atrás, profundizando más y más: ricos y pobres, pobres y ricos. No hay otro modo de distinguir otra clase porque la llamada clase media está a punto de extinguirse.