Apocalipsis: Sodoma y Gomorra
La homosexualidad no es una enfermedad. Aunque confieso que es uno de los mejores argumentos de que se han hecho unos para justificarla. Como son seres enfermos, cabría preguntarnos, si como tales ¿debemos tratarlos? Los enfermos requieren de medicinas, tratamientos médicos, etc. La idea es que si están enfermos los practicantes de la homosexualidad, con medicinas, tarde o que temprano se curarían o si la enfermedad es radical, morirían. Aunque no todos los que mueren de sida son homosexuales, es claro que una gran incidencia de homosexuales mueren o padecen de esta enfermedad. Otros achacan la causa de la homosexualidad a problemas surgidos en el entorno familiar: maltratos, perversiones sexuales por parte de uno u otro de sus progenitores o miembros del círculo familiar, ya sea que se trate de un pariente consanguíneo o afín. No son pocos los que dicen haber sido abusados sexualmente en la infancia. Este argumento también es bueno por cuanto nos hace un llamado de solidaridad con la víctima y nos compele a comprenderlo y hasta a mimarlo. Sin embargo, resta que nos preguntemos: ¿qué perversión o abuso sexual hace o convierte a su víctima en un victimario a futuro? O ¿de qué trauma del pasado puede emerger o surgir placer?
Aunque la ciencia médica tiene sus fortalezas en escudriñar los comportamientos fisiológicos del ser humano, no hay nada cierto en esto de que quien ha sido víctima de un abuso sexual quiera repetir la misma escena o recrear con seres inocentes el abuso del que haya sido víctima. Un tercer argumento a favor de la homosexualidad esgrimido por sus defensores consiste en señalar que el homosexual tiene problemas glandulares y hormonales, algo así como sostener que toda una locura hormonal o glandular sucede o acontece en esas personas. Unos dicen que se sienten mujeres y otras que se sienten hombres. Los contradice la morfología y la endocrinología, amén de la misma naturaleza. Los hombres no menstrúan ni las mujeres en el coito expelen esperma. Y como sostuve en la entrega pasada, por muchas cirugías u operaciones, implantes o trasplantes de órganos sexuales o genitales, nada cambiará la naturaleza endocrina del ser humano que le ha sido dada desde su formación en el seno materno. La tesis que en los últimos años ha venido ganando terreno consiste en una mera decisión o definición: Aquel que un buen día nos sorprende y grita ufano o alegre: "soy gay", como dándonos una gran noticia a la cual todos debemos aplaudir y hasta darle palmadas expresándole que "te felicito, qué valiente, por fin te definiste".
Ahora a esta manifestación de "felicidad o de definición sexual" la llaman "salir del clóset". Como si durante toda la vida, hasta ese momento, la persona hubiere vivido encarcelada o prisionera de sí misma. Aunque en el fondo, a esa especie de privación de la libertad sexual la llaman: "estar reprimido". Lo cierto de todo es que Dios no se equivoca: varón y hembra nos ha creado. No hay sexo distinto a estos. Hombre y mujer, mujer y hombre. Anatómicamente Dios creó los orificios de la sexualidad. Sin embargo, reconozco que estamos lidiando con una situación que no es novedosa: la homosexualidad. Lo novedoso es que ahora nos quieren transformar a la familia deviniendo en un concepto irracional de ella; nos quieren invadir en las escuelas, los hogares, el trabajo, los lugares de recreación, en fin. Novedoso también es que antes se ocultaban los homosexuales, eran respetuosos, pero ahora viven en una algarabía mundanal celebrando cada acto del propio desenfreno o comportamiento que les agrada vivir. Mantengo firme mis convicciones cristianas: ama al pecador, pero aborrece el pecado. No son pocos los casos de homosexuales que han venido a los pies del Señor y han sido redimidos. Orgullosos lucen y exhiben a las familias que Dios les ha permitido formar.
El problema no es que los homosexuales aumenten o se incrementen sus adeptos, no, sin duda alguna ese no es el problema. El problema es que seamos licenciosos, que con nuestro silencio otorguemos, y nuestra indiferencia ante la maldad jalone, de modo estrepitoso, el segundo y último capítulo de un desastre final tipo Sodoma y Gomorra.
Mientras callamos el poder de la verdad, que Cristo murió por nosotros, a causa de nuestra maldad, de nuestros pecados, y que solo en Cristo hay redención para nuestras almas pecadoras, la salvación de la condenación, las cosas se irán poniendo peor, más de lo que podamos imaginar. ¡Dios bendiga a la Patria! (Segunda parte)
Abogado